Tan solo algunos recuerdos. . . (1962 – 1997) – 02-06-2012-

Aquellos años en los que he participado en las luchas del movimiento obrero organizado como trabajador consciente de mi condición de clase y consciente de todas mis rebeldías contra la explotación y el sometimiento como esclavo moderno, lo he hecho desde la condición de activista, de agitador de rebeldías, de ideales y deseos de transformación del medio que nos rodea, hacia un estadío mejor sobre la moral burguesa. Haber sido activista significó para mí caminar siempre por las profundidades reales de situaciones límites.

El mundo del taller, el de la cotidianeidad permanente es un mundo de situaciones límites, desde los horarios de ingreso hasta la salida del mismo, desde manejar la máquina hasta sentirme junto a ella una sola pieza con el correr del tiempo de trabajo durante la jornada, y luego desprenderme abruptamente. El hombre y la máquina, la máquina y el hombre, ¿cuándo uno es cada cual? Si al terminar la jornada seguía perdurando en mí. Nunca he podido despegarme de ella, siempre la he llevado consigo. ¿Cuál es el espacio que existe entre el hombre y la máquina? ¿Cuál es el límite de ese espacio? ¿Cuándo la máquina es sólo máquina y el hombre sólo hombre? En esa irresolución habita primariamente el activista, entre el dolor del trabajo y el amor por el oficio, entre la rebelión por el robo de la fuerza de trabajo y el despojo de nuestros conocimientos y el placer que nos produce el estar siempre junto a los otros seres que sufren como uno. En esas profundidades, en esas situaciones límites habitamos los activistas.

Espacios de situaciones límites y profundidades en el “alma” del taller son la vida del activista. Es imposible desprendernos de ese hábito, pues es un compromiso, un pacto tácito entre el rebelde y el transformador. Tal vez ahí encuentre la explicación del por qué se dejan otras cosas de lado. Se sacrifica casi todo, en pos de la perdurabilidad de ése “espacio vital” de sobrevivencia. Es el taller para nosotros un desafío atrapante, una incitación hacia la decisión de actuar ya, sobre la marcha. Todo lo que está a nuestras espaldas es, imaginariamente el pasado, un olvido transitoriamente consciente al cual no podemos sustraernos.

Para el activista, la vida sentimental está siempre condicionada a las convicciones de su conciencia y a la no solución de nuestras profundas contradicciones. Por eso es que no hay pactos o equilibrios entre distintos sentimientos de afinidad, y nos metemos en las profundidades de lo colectivo.

En realidad no somos capaces de equilibrar sentimientos como individuales y colectivos a la vez. ¿Por qué? Porque hay un elemento que trastoca toda nuestra existencia, que es casi una locura: la lucha contra el tiempo. En el activista el tiempo es el “talón de Aquiles” durante toda la existencia activa, porque por naturaleza adquirida somos impacientes, y en esa lucha, que está primero dentro nuestro, siempre elegimos lo que inmediatamente nos apasiona. Desde la reflexión y la autocrítica encuentro entendimientos a ciertos actos de la vida gremial. Estoy convencido que la naturaleza del activista tiene origen en una insatisfacción de la conciencia, es una lucha interior entre el deseo de querer hacer para transformar la realidad y la insuficiente fuerza para llevarla a efecto, es una lucha interior en soledad, que sólo encuentra armonía en los sueños e ideales. Tal vez, el activismo haya sido una reacción del inconsciente para llenar de contenido a través de las rebeldías la existencia de esa soledad típica en el idealismo.

Por esos andariveles transitaron las pasiones, los amores y desamores, las angustias y las alegrías. Es lo que he podido vivir y sólo me resta decir, contradiciendo a Nietzsche: “que el hombre no es algo que debe ser superado y que es sólo un puente y no un fin”; el hombre es un ser que debe autoconstruirse y a su vez reconstruirse socialmente y ser feliz; si es un puente o un fin no lo sabremos hasta no encontrar respuestas a la cuestión sobre el Ser; lo que sí es trascendente saber si somos capaces de construir caminos hacia la libertad y la felicidad. La lucha por ella es lo que me ha conmovido en la juventud y me seduce aún hoy con mayor vigor consciente, pues es iniciar un vuelo hacia el infinito. Estos sucesos de mi vida de trabajador organizado, forman parte de una experiencia que determinó entre otras cosas un lenguaje como parte de una historia presencial-participativa que he construido junto a otros, con el otro y desde el otro, reconociéndome en ellos como uno mismo en ese colectivo gigante que es el movimiento obrero, y es mi intensión en este caso y en estas instancias, dejar hablar finalmente al filósofo:

“Porque junto al lenguaje conceptual tenemos un lenguaje emotivo; junto al lenguaje lógico o científico el lenguaje de la imaginación poética. Primariamente, el lenguaje no expresa pensamientos o ideas sino sentimientos y emociones”.

Ernst Cassirer

Campi, activista gráfico y propagandista
de los ideales de la F.O.R.A.

Sábado 2 de junio de 2012

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