Nos sentimos malditas -Pakistán-12/08/10 –

“No hago esto por mi propia voluntad; en cuanto tenga una alternativa, abandonaré este mundo de pecados y suciedad porque me hace sentir que apesto». Gul Pari, una mujer de 20 años, con un padre que se entregó a la heroína al perder su trabajo debido a la ola de violencia que sacude desde hace años a Pakistán, y con una familia de ocho bocas a las que alimentar, no tuvo ninguna otra opción en esta vida que dedicarse a la prostitución, pese a que, tras acabar la enseñanza secundaria, intentó encontrar un empleo remunerado.
zoom Casa de prostitutas en Lahore.

Información publicada en la página 14 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 12 de agosto de 2010.

Gul Pari no es un nombre real. Se trata tan solo de uno de los apodos de trabajo de una de las cientos de miles de mujeres paquistanís y de países vecinos que en la parte musulmana de la excolonia británica en el subcontinente indio, ponen a la venta su cuerpo a cambio de dinero. Si dedicarse a la profesión más antigua del mundo conlleva un enorme desgaste personal para cualquiera, más lo es en Pakistán, una sociedad tradicional donde el peso de la religión islámica incrementa la presión que sufren las mujeres, obligándolas a realizar sus actividades de forma encubierta y sin ningún tipo de apoyo de organismos o trabajadores sociales, a la par que estigmatizándolas ante vecinos y familiares.

Lejos del hogar

La prostitución en Pakistán ofrece una serie de particularidades ausentes en otros países. Más del 60% de las prostitutas trabajan en casa o se ofrecen en la misma calle. Los encuentros con los clientes de elevado poder adquisitivo, en cambio, se consuman casi siempre lejos del hogar, en muchos casos en las kothikhanas (casas o habitaciones) de los denominados barrios rojos de las grandes ciudades. Son una herencia colonial del Imperio británico que, a mediados del siglo XVIII, quiso regular esta profesión designando en las ciudades áreas especiales donde se pudiera ejercer la prostitución con el objetivo de mejorar las condiciones de vida y la seguridad de las mujeres que a ella se dedican. De acuerdo con la oenegé local Pakistan Society, solo en la ciudad de Karachi, la capital económica del país, existen más de 100.000 mujeres dedicadas a esta profesión. En Lahore, la segunda localidad paquistaní en población e importancia, el número de profesionales del sexo ronda los 75.000.

«Nos sentimos como las malditas de la sociedad; nuestros familiares nos tratan como aliens y prefieren no tener ningún contacto con nosotras en cuanto averiguan a lo que nos dedicamos», asegura Saima, de 27 años. Su entorno familiar no es el único que la trata con desprecio. «Debemos afrontar también la presión de personas religiosas que no toleran que esta profesión se expanda, además de la hostilidad de las organizaciones de las fuerzas del orden», remacha Saima. Como prostituta, se encuentra aún en el primer tercio de su carrera, ya que su vida profesional puede llegar a prolongarse hasta los 45 años de edad. Una vez superada esa barrera, si las circunstancias lo permiten, la mujer se convierte en una alcahueta que facilita el encuentro entre clientes y mujeres más jóvenes. La edad para iniciarse en el oficio es de 17 años.

A Rukhsana, en cambio, no fue la necesidad la que la llevó a vender su cuerpo, sino un hombre. «Estoy en esta profesión desde hace tres años; me enamoré de un hombre pero mi familia se oponía a la boda; nos escapamos de nuestras casas y vinimos aquí, a Peshawar», relata. Tras alojarse durante dos semanas en un hotel, su esposo la abandonó. «No podía volver a mi hogar porque sé que mi familia no me dejaría vivir; por esta razón aterricé en la profesión de los pecados y la acepté como mi destino; no sé qué es lo que va a pasar en el futuro porque sé que mi familia no me va a aceptar», asegura, temiendo un crimen de honor por parte de un hermano o primo por haber mancillado el nombre de la estirpe.

Como en cualquier país, las enfermedades de transmisión sexual constituyen la gran amenaza para las mujeres que a ello se dedican. Un reciente informe hecho público en el portal Alaiwah! denunció que el 60% de las mujeres prostitutas y el 45% de los hombres prostitutos en Karachi y Lahore desconocían que podían frenar la transmisión del VHI con tan solo emplear preservativos. Alrededor de 96.000 personas han sido infectados con el virus en Pakistán.

Fuente

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