La Misoginia, ideología de las relaciones humanas

Una introducción

Preliminar

Complejidad de la misoginia cotidiana

Las siguientes son algunas reflexiones que considero imprescindibles para comprender el ambiente en el que se desarrollan la ciencia, la filosofía y la política. Ese ambiente es la esfera ideológica y moral del medio histórico fluido en el que se plantean los grandes problemas de las búsquedas científicas, se crean y sistematizan los conocimientos, se elaboran y procesan las interpretaciones y el pensamiento, y las acciones son concebidas y puestas en marcha.

Me refiero al complejo sistema de condiciones, situaciones y circunstancias siempre dadas por sobrentendidas como algo tan natural que no exige siquiera que se piense en ellas, y que se denomina misoginia.

Es el manto cultural, omnipresente e invisible o invisibilizado, que lo envuelve todo en las relaciones sociales, en los móviles que las sustentan, en la predisposición con que sus sujetos participan en ellas.

Lo primero que considero indispensable señalar, es que se trata del enfoque general básico y de la motivación ideológica ineluctable (el sentido común) de las acciones humanas, que conforman las circunstancias profundamente arraigadas en los vínculos cotidianos. Con tal carácter, este enfoque está presente en cualquier proceso de elaboración intelectual, desde el más simple hasta el más consistente. Se expresa tan directamente como es posible, pero sobre todo a través de signos, señales y símbolos; en lo que se dice y en lo que no es necesario decir tanto como en lo que debe decirse y en lo que es necesario no decir; en la cotidianidad intangible y en los tiempos sacros de los rituales que rodean, validan, reproducen y actualizan la hegemonía y los consensos sociales al dominio con sustento en los mitos básicos de todas las sociedades, de todas las culturas de que tenemos noticia directa o indirecta.

Misoginia y enajenación

Para definir la misoginia

El término misoginia designa una conjugación inextricable de temor, rechazo y odio a las mujeres. Hace referencia a todas las formas en que a ellas se asigna –sutil o brutalmente– todo lo que se considera negativo y nocivo.

La misoginia, como concepción del mundo y como estructura determinante, génesis, fundamento, motivación y justificación de la cotidianidad, está destinada a inferiorizar a las mujeres. Por ello se liga de manera indisoluble a la convicción masculina universal, más inconsciente e involuntaria que consciente y elaborada, de que ser hombre es lo mejor que puede sucederle a las personas, y de que, por lo tanto y antes que nada, ser hombre es no ser mujer.

En esta concepción se inserta la conciencia actuante, la voluntad política de cada instante, conforme a las cuales todo lo que no es realidad o atributo de los hombres (de cada hombre y de todos los hombres) debe ser inferiorizado, deslegitimado, encubierto, estigmatizado, ridiculizado y, si resulta conveniente, condenado y suprimido.

En este sentido, la categoría misoginia es pieza fundamental de la metodología filosófica, cognoscitiva, ética y política formulada y desarrollada principalmente por mujeres durante la última mitad del siglo XX, para abrir los senderos igualitarios posibles para el tercer milenio, al que, entre otras cosas por ello, han denominado milenio feminista.

La misoginia, entendida como ambiente fundante de la cotidianidad humana y como estructura básica del dominio masculino, es la marca más clara e indeleble de las relaciones sociales y de las concepciones hegemónicas de la realidad. Conocemos enorme cantidad de justificaciones científicas y de sobrentendidos doctos que acríticamente justifican y fundamentan esas concepciones con la pretensión de dar carácter biológico, universal e indiscutible al orden misógino.

A manera de ejemplo de la presencia irreflexiva de la misoginia en la ciencia, mencionaré lo que hallé en mi última visita al llamado Museo del Hombre de París , antes de que se iniciara su desmantelamiento para dar lugar a otra institución de corte igualmente colonial y racista.

En la sala introductoria, se exponía la prehistoria humana con recursos pedagógicos y técnicos de calidad excepcional. El recorrido por un pasillo permitía observar la sucesión de los dioramas a lo largo de una barandilla en cuyo pasamanos hueco había piedras de las eras paleolíticas y hasta la neolítica, de manera que las representaciones didácticas se ejemplificaban con piezas originales. Además, en varios monitores paralelos corrían videos con reconstrucciones de sitios prehistóricos y de escenas supuestas por especialistas.

En las vitrinas se exponían cuevas en las que se encuentran diferentes fósiles relacionados con cada industria lítica, que, en magistrales reconstrucciones, eran miniaturas de mujeres y hombres que vivían según una pretendida división natural del trabajo: ellas, al interior o a la entrada de las cavernas, limpiaban el espacio o hacían otras labores domésticas en torno al fogón, los niños revolotean junto a ellas y los hombres se aprestaban para la cacería o la recolección, o bien cazaban o recolectaban a cierta distancia.

Se trataba, pues, de una prehistoria a imagen y semejanza de nuestro patriarcado misógino histórico: con esa concepción docta expuesta en lo que fue la institución antropológica más prestigiosa del mundo, hay que rendirse a la evidencia científica de que siempre existió la familia tal y como se la concibe oficialmente hoy en día.

En el primer piso del mismo museo había una exposición que conmemoraba la fecha en que nació el ser humano (homme) número 6 mil millones en una localidad francesa. Era de hecho una niña registrada ahí con toda la documentación administrativa y fotográfica que se consideró pertinente.

A la entrada de la exposición, cada visitante podía proporcionar sus datos personales y ser ubicado conforme a su expectativa de vida, los límites temporales de su actividad reproductiva y otros parámetros demográficos. Como una predicción de adivinos de feria, pero proporcionada por la ciencia en un impreso de computadora.

Antes de emprender esa experiencia, cada visitante podía leer en un poster de enormes dimensiones:

Hay en la Tierra 6 mil millones de hombres. Su primera característica consiste en que la mitad son mujeres

Éste me parece el momento adecuado para recordar que en su obra más conocida, Simone de Beauvoir llama la atención sobre las visiones científicas en que prevalecen concepciones misóginas.

Simone reconoció las aportaciones del evolucionismo, pero criticó que sus teorías principales se quedaran en el determinismo biológico. También ubicó sus reflexiones en el materialismo histórico, pero señaló que en él sólo los hombres son sujetos de la historia: los amos y sus esclavos oprimidos, los opresores feudales y sus siervos, los capitalistas explotadores y los proletarios explotados, pero nunca las mujeres sujetas a lo que más tarde llamaríamos el dominio de género. También apreció los aportes del psicoanálisis, pero consideró inaceptable que para prácticamente todas sus tendencias la sexualidad femenina es definida por una carencia .

Concepciones consideradas científicas equivalentes a las citadas, tienen sus propias manifestaciones en todas las disciplinas del conocimiento y del desarrollo tecnológico .

Parte inseparable de este tipo de enfoques panópticos omnipresentes, es la certeza incontestable de que sólo los hombres somos seres plenos y normales, mientras que a las mujeres siempre les falta algo (el pene, la racionalidad, la capacidad de abstracción y de imaginación creativa…), y de que tal carencia las hace no sólo incompletas y fundamentalmente deficientes, sino además extrañas, anormales, dementes, diferentes: son las otras, el otro universal , y consecuentemente resultan naturalmente peligrosas.

Entre las expresiones más burdas y frecuentes de la misoginia hallamos aquellas que dan por ciertos, proclaman y difunden todos los defectos, los pecados y las lacras que se atribuyen a todas las mujeres simplemente porque son mujeres. Son expresiones con las que, además, se valida que se las sentencie a todas, como si fuera un solo ser , porque ninguna posee el total de las virtudes que se considera que debieran tener sólo porque son mujeres.

La misoginia no es patrimonio exclusivo de los hombres. Es parte estructural del dominio patriarcal del que somos portadores y expresión cultural viva y militante de todos los sujetos de cada sociedad.

Las mujeres son, tanto como los hombres, agentes del patriarcado que las somete y las hace seres humanos de segunda categoría; al igual que en los hombres, en ellas la misoginia es interiorizada en el consenso individual a la hegemonía opresiva, como explicación de la realidad y como código básico de las relaciones y las acciones sociales, desde las más nimias e imperceptibles hasta las más complejas y formalizadas.

La misoginia es, en este sentido, deber ser individual y colectivo, público e íntimo, y deber conformar seres en apego a creencias que ni se analizan ni se cuestionan y que de esa manera integran la moral (doble o múltiple) y la moralidad vigentes en las relaciones de género .

Se trata de un complejo y muy intrincado sistema de mandatos insalvables e inobjetables, de razones más o menos bien formuladas, de moralejas y credos misceláneos, de afectividades contradictorias e incluso caóticas, que funcionan al unísono como si fueran movidas por mecanismos de relojería de alta tecnología.

Ese sistema ideológico es impuesto con el mismo peso a cada hombre y a cada mujer, aunque de manera diferenciada según el género asignado y la experiencia individual de vida.

El hombre (los hombres): medida de todas las cosas
Quizá la síntesis más acertada de las concepciones misóginas, a la vez elementales, primordiales y doctas, es el apotegma de Protágoras de Abdera, sofista agnóstico, heraclitiano y moralizador, quien en el siglo IV ACA determinó que el hombre es la medida de todas las cosas en su tiempo y en su espacio, “de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son” . Es pertinente considerar por extensión –tenida cuenta de la estructura misógina de la sociedad en que vivieron su amistad y sus masculinidades compartidas Protágoras, Pericles y Eurípides–, que el hombre es la medida de todas las mujeres, quienes, como categoría de la misoginia, también son cosas .

Gran parte de lo que suele decirse de las mujeres en espacios masculinos o controlados por hombres –la familia, la escuela, el púlpito y los espacios eclesiales, la calle, la taberna, los llamados medios, la academia, los foros legislativos, judiciales y de gobierno–, es expresión diversa, más o menos burda o refinada, de la misoginia vigente como estructura constitutiva milenaria de nuestras concepciones y relaciones.

Cada vez se acepta con mayor claridad que la misoginia genera violencia, más aún, que es el motor de la violencia. Es en sí misma violencia, no violencia simbólica , sino –por decirlo así– violencia violenta. Cuando se ejerce contra las mujeres, sujetas a la opresión de género , va desde el silencio hasta el asesinato pasando por los retruécanos sexistas (bromas, albures), la alabanza cosificante por cumplir los más arbitrarios cánones de belleza y de bondad tanto como de eficacia doméstica, y la galantería u otras formas inferiorizadoras de exaltación –como el piropo y la caballerosidad .

Enajenación masculina

La misoginia tiene también como manifestación la enajenación de los hombres. La condición masculina y las prerrogativas de que gozamos en el patriarcado, originan y organizan nuestra enajenación.

Defino esta categoría en varios planos complementarios desde los que es posible percibir las dimensiones de la misoginia masculina:

a) Tenemos en primer lugar los privilegios de género prescritos como patrimonio exclusivo de los hombres, que gozamos de ellos por el solo hecho de haber nacido hombres y de haber sido asignados desde nuestro nacimiento al género dominante.

Tales prerrogativas y las ventajas que traen aparejadas, provienen de la expropiación (una forma de enajenación) monopolizadora de los recursos creados por la humanidad, que desde tiempo inmemorial se han puesto fuera o muy lejos del alcance de las mujeres para constituir con ellos la superioridad de los hombres.

Se trata, pues, de la enajenación de recursos que son patrimonio de la especie humana, con los que se ha constituido el monopolio masculino universal.

b) Para comprender otra dimensión de la enajenación masculina, hay que advertir que todos los hombres podemos gozar de la preeminencia que se nos ofrece como recompensa por la permanente tensión que provoca en nosotros la obligación de usufructuar, al menos en alguna medida, los recursos de la humanidad para compartir entre nosotros el dominio patriarcal.

Es claro que ningún hombre ejerce todos los poderes y que los que tiene cada uno no los disfruta todo el tiempo. Sin embargo, en principio y en los hechos, nos pertenecen en exclusiva aquellos que se nos adjudican para que gocemos de ellos mientras contemos con los atributos suficientes de lo que se ha llamado la masculinidad hegemónica en cada cultura, conforme a la ubicación individual en la jerarquía de la propia sociedad.

c) En cada tradición cultural funcionan escalas de valorización propias para definir a los hombres de verdad, es decir, a los que son dignos del apelativo por considerarse que lo son en plenitud.

Para serlo, cada hombre debe cumplir con ciertas condiciones de manera aceptable para quienes ejercen el poder de la definición y la aprobación. Para ello hay que pasar adecuadamente por determinadas etapas formativas y pruebas de pasaje y de preservación de la hombría y de la virilidad .

Para vivir este proceso en forma suficientemente adecuada y satisfactoria, los hombres estamos sometidos a lo largo de nuestras existencias individuales a presiones sociales insalvables que, aunque puedan pasar desapercibidas por la costumbre y por ser definidas como naturales e instintivas, producen de incontables maneras tensiones implacables, manifiestas día a día, segundo a segundo. Se ha asegurado que cada hombre está obligado a demostrar a cada instante que es hombre, lo que basta para localizar el punto de partida de tales tensiones. Éstas explican en parte la enajenación definida como concepción inexorable de que las presiones, las tensiones, las ansiedades y las angustias a que me refiero son en realidad manifestación del mayor de los placeres intrínsecos de nuestra condición genérica.

El poder de dominio y el ansia de ejercerlo tanto como sea posible sobre las mujeres y sobre otros hombres (a través del acoso y el dominio que se ejercen sobre ellas, y de la competencia y el enfrentamiento entre hombres, de las aspiraciones de éxito y el triunfo, de la dureza de carácter y de actitudes, de la transformación de los demás en enemigos a derrotar…), se funden y se confunden con el gozo de vivir, del que se eliminan o se reducen al mínimo los deleites posibles de la convivencia equitativa, solidaria y pacífica.

Parte considerable de la enajenación está en la certeza incuestionable de que la alegría de la vida se halla en las prerrogativas del dominio, por las que debemos pagar el precio constituido por las zozobras de la misoginia.

d) Desde esta perspectiva, los hombres nos enajenamos también de la posibilidad de construirnos como seres humanos y de contribuir a edificar la equidad y la igualdad de los géneros, la paz y la colaboración en asociación solidaria y libertaria.

Para tomar el término enajenación en un sentido propiamente marxista (ligado a las definiciones de modo de producción, estructura económica y superestructura ideológica e institucional), puede decirse que en cada acción masculina misógina que proporciona y cobra los supuestos placeres del dominio, cada hombre deja una parte de sí mismo, la cual se incorpora a la opresión de género en toda su extensión. En otras palabras, así como al crear plusvalía el proletariado incorpora una parte de su ser a la mercancía, en cada acción misógina cada hombre deja una parte de las posibilidades masculinas de construir la humanización igualitaria y libertaria, el ser genérico de la humanidad y de cada individuo, de contribuir a la transformación definitiva de la prehistoria en historia.

Para explorar los orígenes del patriarcado en occidente (Mesopotamia y Grecia)

Tesis preliminares

El origen de la estructuración misógina del patriarcado se pierde en las épocas paleolíticas, de las que nuestros conocimientos son extremadamente restringidos porque su documentación es limitada y sus características muy particulares. Gerda Lerner considera que en las sociedades mesopotámicas el proceso se inició hacia el año tres mil y se prolongó hasta el siglo VI ACA. Esta cronología es sólo indicativa, pues cada sociedad siguió sus propios ritmos; como sea y conforme a lo que la misma autora sostiene en relación con la propiedad privada, quizá desde antes la misoginia ya tenía fuertes raíces. Lerner señala que en la Babilonia del segundo milenio ACA las mujeres ya estaban dominadas por los hombres, aunque algunas aún gozaban de independencia y estatus elevado.

Hay quienes consideran que los primeros grupos humanos, recolectores que en ocasiones ingerían proteínas animales y también cazaban, basaban su supervivencia en la solidaridad de sus integrantes. Eran trashumantes que cubrían un territorio más o menos extenso y en expansión, originarios de alguna región meridional de África que, transformando a la naturaleza desde que crearon la cultura, fueron poblando el planeta al recrear condiciones tropicales en todas las latitudes. Sólo la colaboración igualitaria entre mujeres y hombres pudo permitir que esos seres carentes de especialización, crearan, para adaptar el medio natural a sus necesidades, la naturaleza artificial, como se ha definido a la cultura; de esa manera, en su proceso evolutivo (proceso de hominización o de humanización) desarrollaron el sistema nervioso y alcanzaron la posibilidad de inventar las formas de sustituir todas las especializaciones de que carecían.

Es posible, que por alguna razón durante la estancia más o menos prolongada de algún grupo en un paraje conocido previamente, mujeres quizá recién paridas y otros miembros del grupo que no podían tomar parte en la recolección o en la cacería, notaran que la vegetación que habían consumido con anterioridad había vuelto a crecer. Así pudieron descubrirse (o más bien inventarse) lo que con el paso del tiempo serían la agricultura y la medicina, como lo sugirió Alejandra Kollontai.

El cultivo y la ganadería tomarían el sitio que hasta entonces habían tenido la recolección y la cacería o el seguimiento de rebaños no domesticables, y darían lugar a la vida sedentaria hace alrededor de doce milenios. Quizá a esas alturas de lo que Morgan llamaría barbarie (posterior al salvajismo), ya se había establecido la opresión de género con referencia justificativa a la participación diferencial de mujeres y hombres en la reproducción biológica concebida como base de la responsabilidad femenina de la reproducción social y cultural.

De esa manera, se habría estipulado la importancia suprema de las actividades, los roles y los poderes masculinos, se habría restado o anulado el prestigio y el poderío de los femeninos y, como compensación, se iniciaría o desarrollaría la exaltación de la maternidad como asignación preferencial y estructurante de las mujeres.

Presento a continuación una síntesis de las tesis de Lerner a este respecto, con mi propia interpretación de las mismas:

a) Antes de que se establecieran la propiedad privada y la sociedad de clases, fue preciso que los dominadores expropiaran la capacidad reproductiva de las mujeres. La misoginia y su estructuración de la opresión de género fueron los cimientos de la jerarquización social.

b) Los Estados (o las ciudades-Estado) de las épocas más arcaicas tomaron como modelo a los modelos patriarcales previos, de manera que toda la organización social se concibió para fortalecer al patriarcado.

c) La dominación (proceso permanente) y el dominio (cada hecho concreto) cobra forma en la práctica masculina del sometimiento de las mujeres en el grupo social propio. El esclavismo, primera forma de la sociedad clasista, debió iniciarse con la esclavitud de las mujeres incorporadas a un grupo a partir del intercambio concertado o violento con otros grupos.

d) La subordinación de las mujeres (consuetudinaria antes de cualquier codificación jurídica) fue de las primeras estipulaciones legales. La violencia, la dependencia y la complicidad de mujeres poderosas garantizaron el consenso de las mujeres sometidas.

e) Si se acepta que las clases sociales se definen respecto de la relación con los medios de producción, las relaciones femeninas de clase dependen de la vinculación de cada mujer con el o los hombres de quienes depende.

f) La subordinación de género no cancela la posibilidad de que haya sacerdotisas, shamanas y curanderas que representen a otras personas ante lo sobrenatural (incluida la enfermedad). La capacidad que tienen las mujeres de dar vida dio lugar a contar hasta la actualidad con deidades femeninas. Originalmente rigieron en los mitos de la fecundidad y la fertilidad. Pero poco a poco (particularmente con el establecimiento de los sistemas patriarcales de parentesco) ambas facultades se trasladaron a la unión de una deidad femenina con una masculina más poderosa, y se hizo a las deidades femeninas consortes de dioses, se les asignaron advocaciones diversas o se las hizo eclipsarse en las religiones oficiales.

g) El monoteísmo semita consagrado en el Antiguo Testamento es resultado de la aniquilación misógina entre cultos misóginos y lo que restaba de la veneración de diosas de la creación de la vida; así ésta se transfirió a un señor todopoderoso (al que a veces se designa rey del universo y señor de los ejércitos). En el mismo proceso ideológico, a las mujeres se les asignó el pecado, el mal y la razón de la mortalidad humana. De esta manera, la deidad suprema y única sólo aceptaría como interlocutores a los hombres, con quienes además establecería un pacto del que quedaron excluidas las mujeres.

h) Esta formulación bíblica sintetiza el mito fundacional de la civilización, en el que se da por sentado y aceptado que la subordinación de las mujeres es natural e incuestionable.

Para épocas remotas de la vida humana, incluso desde antes de la escritura, algunos hallazgos de la arqueología prehistórica y los textos glíficos y cuneiformes más antiguos (cuya existencia define a la civilización), permiten interpretaciones bastante sólidas respecto de las llamadas sociedades solidarias (o ya jerarquizadas que mantenían algunos rasgos solidarios) y de las concepciones misóginas más vetustas que nos es dado analizar aunque sea de modo parcial.

Una exploración de mitos de creación y antiguas deidades
Los mitos de creación o de origen responden a la estructura social y cultural del momento en que son establecidos o puestos al día. Pero siempre es posible hallar en ellos, y también en informaciones etnográficas de grupos actuales –incluyendo los propios– rastros de mitos anteriores que, actualizados o no, siguen funcionando incluso de manera contradictoria porque son fundamento interpretativo polivalente de ideologías adosadas a intereses de dominio y consenso diversos .

La antropóloga Peggy R. Sanday analizó 112 mitos de creación en otras tantas sociedades actuales. En 32 de ellas la creación se atribuye a una pareja divina.

Algo semejante sucedía en tiempos remotos, con los inicios neolíticos de la agricultura en el vasto Creciente Fértil.

Los mitos paleolíticos y neolíticos que pueden ser rastreados a partir de documentos pictóricos y escultóricos previos a la aparición de la escritura así como de los más antiguos textos jeroglíficos y cuneiformes, fueron sometidos a adaptaciones en cada sociedad a lo largo del tiempo, conforme en ellas se desarrollaron los poderes y la opresión. Algunas de esas adaptaciones de importancia tuvieron lugar cuando menos desde el cuarto milenio ACA en aquellas primeras sociedades agrícolas y sedentarias y, desde antes, cuando en los grupos patriarcales de recolectores y pastores se instituyeron formas que podríamos considerar primigenias del Estado si esto fuera válido para etapas tribales avanzadas.

Una de esas adaptaciones fue la institución de una deidad masculina suprema, única todopoderosa, omnisciente y omnipresente (a imagen y semejanza del patriarca ideal) que, cuando menos oficialmente, fue sustituyendo a las deidades múltiples tribales y locales; éstas, incluso en las primeras urbes, no eran concebidas con poderes universales, sino más bien como representaciones de fuerzas inexplicables entre las que seguramente estaba la procreación.

La adaptación patriarcal de las creencias ligadas al dominio se fundamentó, como lo explica Gerda Lerner, en tres cuestiones ideológicas fundamentales:

1. Quién crea la vida.
2. Quién es responsable del origen del mal y del pecado.
3. Quién posee en exclusiva la mediación entre los humanos y lo sobrenatural, es decir, quién tiene el monopolio del trato directo con la divinidad.

Las tesis sintetizadas más arriba hacen referencia a estas problemáticas que se traducen en varios complejos de mitos:

a) los que transformaron el culto al útero en culto al falo y al semen;
b) los que representaron a la vida con un árbol permitido, y al conocimiento pecaminoso y pecaminógeno con un árbol prohibido;
c) los que regularon los lazos de parentesco, los pactos entre hombres y entre ellos y con la divinidad, así como las jerarquías sociales, al tiempo que sacralizaron el poder y el dominio masculinos.

En lo que respecta a esta última cuestión, conviene recordar que el propósito político con el que se instalaron la misoginia y el patriarcado en los tiempos más remotos de la civilización, ha sobrevivido hasta nuestros días al menos en un ritual cotidiano:

Los hombres que practican el judaísmo puntualmente, y de manera inequívoca los ortodoxos, elevan la primera plegaria de cada día para agradecer a su deidad masculina omnipotente no haberlos hecho mujeres. Las mujeres hebreas no pueden dirigirse al dios que idearon sus presuntos ancestros, por lo que la voluntad divina de rendirle culto es un privilegio de los hombres cuya consolidación cotidiana hay que asegurar cotidianamente, sobre todo ahora que han surgido grupos feministas entre las ortodoxas judías.

Algunas creadoras de vida, sus allegados masculinos y su sustitución por ellos.

Se considera que los cultos mágicos y religiosos (es decir, como la mitificación de mayor antigüedad) son los relacionados con la fertilidad y la fecundidad (la tierra y el útero). La evidencia de tal veneración parece atestiguada por la abundancia de figuras femeninas en que se resaltan los atributos de la maternidad y que a menudo se relacionan con otros símbolos de la prodigalidad natural y agrícola. Aunque esta tradición puede remontarse a tiempos paleolíticos, permaneció con la instauración de la misoginia.

La supremacía en el culto de deidades femeninas se expresa en los mitos de creación más antiguos que dan a diosas el poder de la creación de la vida y que en ocasiones, sin duda tardías, se asocian de varias maneras con deidades masculinas.

En las leyendas sumerias encontramos reiteradas referencias a las diosas Nana como suprema deidad llamada la poderosa señora, la creadora, y Nammu, madre que parió el cielo y la tierra.

Los mitos referidos en exclusiva a la exuberancia femenina corresponden a la implantación y la estructuración de las diversas opresiones y sin duda al fortalecimiento y la consolidación de las que existían previamente.

Así por ejemplo, muchas figuras halladas en gran número en el antiguo Israel bíblico han sido fechadas en épocas en que el culto a Yehovah ‘Elohyim ya estaba establecido, pero corresponden también a expresiones de religiosidad popular y que coexistían con la religión oficial del monoteísmo masculino.

Ésas y otras figuras femeninas con rasgos sexuales exagerados evocan deidades que en mitos más antiguos regían, solas o con sus parejas y otros seres míticos, el mundo conocido tribal o localmente al inicio de la agricultura o desde antes.

Sobre épocas anteriores y respecto de la labor mítica conjunta de diosas y dioses, resumo, como hasta ahora y con mi propia visión, datos e ideas de Riane Eisler :

En Sumeria se veneró a las deidades femeninas creadoras y procreadoras Ninhursag e Inanna, en Babilonia a Kubab e Ishtar, en Fenicia a Astarté y en Canaán a Anath. Contemporáneamente, Hékate era en Grecia una deidad equivalente.

En Mesopotamia, se hallan huellas de que antes del dios único actuaron parejas divinas. Así, en Sumeria la madre Nammu creó a An, dios del cielo, y a Ki, diosa de la tierra.

En Babilonia Tiamat y su consorte eran considerados progenitores de las otras deidades.

En Asiria, del útero de la sabia Mami, también llamada Nintu, nació la especie humana a la que dió forma con arcilla; a Ea, su hermano, le encargó cortar el ombligo de las figuras a medida que nacían.

Es posible que en este mito esté presente una advocación arcaica de Yehovah ‘Elohyim, cuando –en una estructura social solidaria– compartía sus poderes míticos con una deidad femenina –quizá con la mitad de ese nombre o con otro .

En otra versión, seguramente posterior y correspondiente a formas patriarcales más acentuadas, Mami lleva a cabo todo el proceso creativo a instancias de Ea.

Los nombres de la pareja divina (una diosa y un dios –su hijo o su hermano menor–) abundan en Mesopotamia. En el más antiguo panteón sumerio, la diosa de la tierra Ki presidía la creación con An y ambos dirigían a los otros dioses.

Con el poder patriarcal, las deidades femeninas mesopotámicas que tenían un asociado o auxiliar masculino pasaron a ser hijas o esposas de esa o de otras deidades masculinas. Así, Ki se convitió en consorte de Ea o Enki y fue desplazada por éste, y las diversas advocaciones de la diosa madre (llamada según el sitio Nihnlil, Nihntu, Ninhursag y Aruru) sufrieron cambios semejantes o desaparecieron, como en el caso de Nammu.

En Canaán, Anath era la hermana-consorte de Baal, a quien asesinó Mot (deidad de la muerte). Anath mató a Mot, pero Baal retornó del inframundo para convertirse en dios supremo al tiempo que Anath perdía su poder, igual que, en Lagash, Ningirsu sometió a su esposa Bau.

En Elam, la diosa madre fue deidad principal cuyo sitial fue usurpado por su marido Humban; algo semejante sucedía en la misma época con otras deidades femeninas, cuando en Egipto Isis cedió su lugar a su hermano-esposo Osiris y, fuera del Creciente Fértil, transformaciones míticas como ésas se registraron en Anatolia, Creta y Grecia (aquí Gaia había creado el mundo, a las deidades y a los seres humanos pero pronto fue casi eliminada del panteón clásico).

Todo esto acontecía durante el tercer milenio ACA, cuando los sacerdotes habían reducido a las sacerdotisas a posiciones inferiores, o las habían desplazado y solos regían y controlaban las ciudades-Estado en Mesopotamia y otras áreas culturales.

Como ya se indicó, devoción a deidades femeninas se basa en la constatación de que de las mujeres proviene la vida. Ese culto ha persistido. Con el patriarcado se resaltaron por encima de todo las características maternas de las diosas, si bien al mismo tiempo a Ishtar se la hizo patrona de las prostitutas y de las tabernas, y también novia virgen de los dioses.

Desde inicios del neolítico, si es que no desde antes, se implantaron las especializaciones del poder y las opresiones, al tiempo que se instauró o se consolidó el dominio de los jefes de las unidades del parentesco y de la organización militar. Para entonces ya eran preeminentes las deidades masculinas y abundaban los símbolos fálicos y misóginos.

Con Hammurabi se codificaron las leyes y se estableció jurídicamente el sistema de parentesco de base patriarcal. Fue la misma época en que los gobernantes mesopotámicos se adjudicaron poderes divinos y la exclusividad del trato directo con las deidades.

No es sorprendente que en el proceso la diosa madre, además de perder su supremacía, resultara domesticada y transformada en esposa de alguna deidad masculina, aunque algunos de sus poderes imaginarios sobrevivieron en la religiosidad popular.

Antes, incluso hasta el segundo milenio ACA, hombres y mujeres tenían la misma relación con fuerzas misteriosas personificadas en mujeres y hombres de las mitologías particulares. En esos casos, la opresión de género aún no adjudicaba las causas del mal y de la muerte a las mujeres. En todo caso, las fuentes del dolor y el sufrimiento humanos (cuando no se cumplían de manera adecuada los deberes sacros o profanos) provenían de hombres y mujeres y de deidades masculinas y femeninas por igual.

Fueron épocas en que la creación se concebía como obra de diosas o de parejas, y para comunicar con la deidad era indiferente el sexo.

Con el imperio de la misoginia no se borró de la fantasía religiosa la capacidad reproductiva específica de las mujeres, pero se crearon las condiciones para que ellas fueran identificadas con las deidades femeninas sometidas al dominio de dioses, para que sólo rogaran protección a éstos o se comunicaran con fuerzas malignas, y para que los hombres, identificados con los dioses, invocaran a las deidades femeninas sólo por sus características maternas o maternales.

Nuestros mitos fundacionales

La Biblia

Las ideologías occidentales misóginas que prevalecen aún hoy en día se remontan a dos fuentes clásicas primordiales: la semita, algunos de cuyos orígenes mesopotámicos se examinan aquí; hoy derivan de las formas hebreas cuyo canon se fijó hacia fines del siglo IV ACA –inmediatamente antes de la Traducción de los Setenta–, y la clásica griega cuya elaboración docta y literaria data aproximadamente de la misma época, más o menos con un siglo de diferencia (si pensamos en Esquilo).

Ambas tradiciones, y otras vernáculas que no alcanzaron registro literario tan difundido pero que siguen presentes con intensidades diversas en todo el mundo cristiano actual, iniciaron su convergencia en las convulsiones del imperio romano de los años finales de la cuenta calendárica anterior.

De la mitología semita proviene el mito fundacional básico de nuestra cultura y por lo tanto de nuestra afectividad, que ha llegado hasta nosotros en dos versiones.

En una “Yehovah ‘Elohyim dijo: hagamos al ser humano (el ‘adam) a nuestra imagen y semejanza. Para que domine sobre todo lo que está vivo sobre la tierra. Creó Yehovah ‘Elohyim al ser humano (el ‘adam) a su imagen y semejanza, macho (zajar) y hembra (nekevah) los creó. Los bendijo Yehovah ‘Elohyim y les dijo: Reprodúzcanse y multiplíquense y llenen la tierra”.

En esta versión, la divinidad de doble nombre creó simultáneamente, a su imagen y semejanza, dos seres humanos cuya designación hebrea es ‘adam (término vinculado con ‘adamah, tierra), y los creó con sexo diferente, como lo eran las divinidades duales en la mitología mesopotámica.

La otra versión del mismo mito, la más recordada y difundida, es más reciente y corresponde a la visión patriarcal dominante en el momento en que se estableció el canon del Antiguo Testamento. En esa actualización del mito se estableció que Yehovah ‘Elohyim creó primero al hombre (el ‘adam), tomado de la tierra, y después formó a la mujer de una costilla suya: “por eso se llamará varona (‘ishah) porque del varón (‘ish) ha sido sacada” , como lo consigna una traducción que respeta una de las formas de la lengua hebrea que hace del vocablo mujer el femenino de hombre y no una palabra diferente como en otras formas de la misma lengua y también en la nuestra.

La mujer, quien al concluir la historia dejará de llamarse ‘ishah para recibir el nombre de Javah (Eva) –la viviente, la vital, la animada–, surge del cuerpo de quien habría de ser su señor. El nombre de éste fue desde entonces el de la humanidad en su conjunto (en hebreo ser humano se dice ben ‘adam, hijo de ‘adam, en masculino singular).

El primer hombre había sido encargado por el creador de nombrar y clasificar al universo, esto es, de transformar al caos (tohu vabohu) en cosmos (‘olam; Yehovah ‘Elohyim es melej ha’olam, rey del universo); es decir, a la incertidumbre anónima de la naturaleza en el orden nominal de la percepción humana.

Así, sólo cuando el mito deja bien establecido y organizado al universo creado por la deidad única masculina, da entrada a la mujer, desde luego como un ser subordinado:
“Dijo Yehovah ‘Elohyim: No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda. Entonces… lo hizo caer en un letargo y se durmió, y mientras dormía le sacó una costilla [que convirtió] en una mujer (‘ishah) y se la llevó al hombre (‘adam).
Dijo el hombre (‘adam)…: Es hueso de mis huesos y carne y de mi carne; se llamará mujer (‘ishah) porque del hombre (‘ish) fue tomada” .

La primera mujer fue la ayuda que concibió el todopoderoso para que el primer hombre dejara de estar solo, pudiera reproducirse y se ocupara debidamente de cultivar y comandar el mundo.

He ahí el primer avance de la misoginia fundacional.

Previamente , Yehovah ‘Elohyim había puesto al ‘adam en el huerto del Edén para que lo trabajara y lo cuidara, y le había advertido:

“Podrás comer de todos los árboles del huerto, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no, porque el día que comas de él morirás”.
Dada la resolución que más adelante tomaría Yehova ‘Elohyim, se entiende que no prohibió que los seres humanos se alimentaran de los frutos del árbol de la vida eterna.

La mujer, inducida por la serpiente, se vio ante la alternativa de escoger entre la sabiduría y la inmortalidad. El primer pecado fue el conocimiento (o la conciencia) revelado como conocimiento o conciencia de la desnudez, es decir, del sexo; el primer castigo sería el dolor en el parto y el sudor en el trabajo para proveer el pan. Dos signos inequívocos de sexualidad escindida: la maternidad y el privilegio de proveer. La condena de la mujer se estructuró como servidumbre y a su maldad se atribuyó que todos los seres humanos tuvieran que morir irremediablemente.

“La serpiente, el ser más astuto de la creación, dijo a la mujer (‘ishah): ‘Elohyim les ordenó no comer de todos los árboles del huerto’. Y la mujer respondió: ‘… del fruto del árbol que está en el centro del huerto, dijo ‘Elohyim, no comerán’. Dijo la serpiente: ‘… ‘Elohyim sabe que el día que coman del árbol se abrirán sus ojos y conocerán, como ‘Elohyim, el bien y el mal’.
Vio la mujer (‘ishah) que era bueno comer del árbol. Entonces tomó uno de su frutos, lo comió y convidó al hombre (‘ish). Entonces se abrieron sus ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos”.

En seguida Yehovah ‘Elohyim descubrió que habían adquirido el saber y preguntó al ‘adam “`¿Quién te dijo que estabas desnudo? ¿Comiste del árbol prohibido?´ El ‘adam contestó: ‘La mujer (‘ishah) que me diste, me ofreció el fruto del árbol, y comí’.
Entonces dijo Yehovah ´Elohyim a la mujer (‘ishah): ‘¿Qué has hecho?’ Y ella respondió: ‘La serpiente me sedujo y comí’.
Dijo Yehovah ‘Elohyim a la serpiente: ‘Por lo que has hecho serás maldita entre… todos los seres vivientes. Entre tu descendencia y la de la mujer (‘ishah) habrá enemistad, ella te herirá en la cabeza y tu la herirás en su talón’.
A la mujer (‘ishah) le dijo: ‘Parirás hijos con dolor, servirás a tu hombre (‘ish) y él te dominará’.
Al ‘adam le dijo: `Como oíste la voz de tu mujer (‘ishah) y comiste del árbol del que te ordené no comer, maldita será la tierra (‘adamah) por tu culpa. Con fatiga comerás sus frutos todos los días de tu vida. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra (‘adamah) de la que fuiste formado…’

Entonces el ‘adam dio a su mujer (‘ishah) el nombre de Eva (Javah)–vitalidad– porque será la madre de todos los vivientes”.

Para que no se cumpliera el vaticinio de la serpiente y los humanos no fueran como ‘Elohyim, éste se dijo (o éstos se dijeron): “Ahora que el ‘adam es como uno de nosotros…, sólo le falta comer también del árbol de la vida y vivir eternamente.
Entonces Yehovah ‘Elohyim echó del huerto del Edén al ‘adam… para que trabajara la tierra… y puso a los querubines y la espada de fuego para cuidar el camino hacia el árbol de la vida”.

Historias de serpientes y del pecado original

En los estratos arqueológicos correspondientes al neolítico, aparecen muy a menudo representaciones de serpientes, y en las mitologías antiguas es frecuente la asociación entre deidades femeninas y serpientes que simbolizan a la sabiduría.

En Egipto, por ejemplo, la cobra uzait (el ojo) era el jeroglífico del término diosa, casi idéntico al nombre de la diosa Ua Zit, deidad principal en el Bajo Egipto predinástico. Más tarde, las diosas Hathor y Maat eran llamadas también Ojo, y en Per Uto debió existir un templo de Ua Zit, pues los griegos llamaron a esa localidad Buto, que es el nombre griego de la diosa cobra.

En relación con la sabiduría de las mujeres, podemos recordar otras referencias antiguas: En Erech, la diosa Nidaba era llamada sabia de las cámaras sagradas que enseña los decretos. Otros epítetos sumerios de deidades femeninas (dadora de ley, la justicia y la misericordia, primera jueza), pueden evocar una sabiduría jurídica primitiva, tal vez codificada por mujeres, conforme a la cual las sacerdotisas, a menudo relacionadas con serpientes, ejercían también como juristas y administradoras de justicia.

Por otra parte, la diosa Ninlin de Mesopotamia enseñaba los métodos de la agricultura, al tiempo que Isis en Egipto y Deméter en Grecia seguían siendo conocidas como legisladoras y sabias dispensadoras de sabiduría virtusosa, consejos y justicia.

Las deidades prebíblicas de la fertilidad se vinculan con la creación y los árboles de la vida, y al mismo tiempo con las serpientes del conocimiento.

En el antiguo Egipto, Nun era la serpiente que al salir del Mediterráneo, en una regurgitación apoteótica creó la tierra y a la humanidad.

En la Creta minoica abundan las figuras femeninas con los pechos descubiertos, los brazos levantados a ambos lados del cuerpo y una serpiente en cada mano; la convivencia solidaria de esa época es atestiguada en el Palacio de Knosos por las pinturas llamadas de La Fiesta. Y en muchos mitos griegos y romanos, como los de Atenea, Hera, Deméter, Atargatis y Dea Syria están también presentes las serpientes.

En Mesopotamia, una figura femenina del siglo XXIV ACA lleva una serpiente alrededor de la garganta. La cananea Ashtoreth, o Astarté, diosa del Árbol de la Vida, es representada por la serpiente, y en un bajorrelieve sumerio de 2500 ACA, hay dos serpientes junto a sus imágenes.

El sometimiento de la serpiente

Cuando los mitos oficiales se reformaron para legitimar los requerimientos misóginos del patriarcado, las serpientes tuvieron que incorporarse como emblema del dominio masculino, o bien ser derrotadas, distorsionadas y desacreditadas.

En el mito cananeo, Baal (hermano-consorte de la diosa principal desplazada) sometió a la serpiente Lotan cuyo nombre comparte la raíz del término con que se la designa. Cerca de ahí, en Anatolia, una deidad masculina hitita asesinó al dragón (gran serpiente) Illuyankas.

El mito de la expulsión del Edén, evidencia la doble condena del saber femenino y de las serpientes, símbolo de las deidades femeninas que la mitología oficial denigraba.

La serpiente profética aconsejó a la primera mujer desobedecer los mandatos de un dios masculino, y la mujer siguió ese consejo y desoyó la orden de ‘Elohyim (como lo llama la serpiente).

En la mitología hebrea primitiva (como en la griega en el caso de la Pitonisa –el pitón oracular de Grecia destruido por Apolo– y más tarde en el de la Sibila de Roma), una sacerdotisa era la portadora de la sabiduría y la revelación divinas. Así pues, conforme a la leyenda bíblica, el advenedizo Yehovah ‘Elohyim al que se estaba imponiendo como dios único y absoluto, no podía esperar que sus órdenes fueran cumplidas por la serpiente despreciada por el patriarcado, ni por la única mujer ligada a ella. Por rechazar someterse a la ignorancia y a la adoración monopólica de un patriarca misógino, la ‘ishah, recibiría un castigo más despiadado que el destinado al ‘adam. Ella se religó en la desobediencia con la fe precedente de la que se desligaba el ‘adam, quien sin embargo la siguió como si estuviera seguro de ser perdonado porque él también quería saber pero únicamente por seducción.

Javah (Eva) y todas las mujeres que nacerían después de ella, quedarían sometidas al dios misógino y vengador encarnado en sus representantes terrenales, los hombres.

En el contexto histórico del momento en que fue redactado el Génesis (cerca de un siglo después de que Esquilo escribiera la Orestiada en Grecia), el castigo se concibió como el confinamiento de la sexualidad femenina en la maternidad, y en declarar pecaminoso para las mujeres todo lo que no fuera procreación.

Paréntesis mesoamericano

Marcela Lagarde tiene un estudio inédito sobre la caída y el descuartizamiento de Coyolxauhqui, deidad femenina de la luna y las estrellas, a quien asesinó Huitzilopochtli pese a la alianza de la diosa con sus cuatrocientos (o incontables) hermanos.

Ambas deidades eran descendientes de Coatlicue, la de falda de serpientes, diosa de la vida, la tierra, la fertilidad y la muerte, que da a luz a todo y todo lo devora. Cuando esta diosa madre adoptó características andróginas y concibió en virginidad al futuro dios guerrero Huitzilopochtli (y así iniciar la implantación o el fortalecimiento del patriarcado), su hija Coyolxauhqui se rebeló en alianza con los centzon huitznahua, también hijos de Coatlicue, para detener la transformación de las relaciones que se estaba incorporando a los mitos oficiales .

La diosa madre Coatlicue quizá originalmente fue la lideresa de la tribu de los huitznahua; ya deificada, un día quedó embarazada al caer en su seno una pluma –emblema de Tetzouitl, dios masculino del sol–, y por ello fue amenazada por su descendencia anterior. Pero desde su vientre, Huitzilopochtli la hizo su cómplice, y cuando iba a ser atacada él decidió nacer. Vio la primer luz armado con una rodela, un dardo y una vara, con la cara pintada y la cabeza emplumada. Enseguida pidió una culebra encendida, xiuhcóatl, con la que decapitó a Coyolxauhqui antes de despeñar el cuerpo de esta, que quedó hecho pedazos al pie del Cerro sagrado de la Serpiente (Coatepec), cuya réplica en Tenochtitlan era el Templo mayor, al frente de cual se halló la representación del cuerpo desmembrado de la hermana mayor derrotada, sustituida por su asesino, “el vencedor, el varón único”.

La Coyolxauhqui del Templo mayor era una mujer de entre 40 y 50 años, con una delicada papada, veterana de muchas maternidades que le dejaron los senos flácidos y el vientre lleno de pliegues.

En el momento en que se ubica la lucha cósmica entre esta diosa madre casi anciana y su vigoroso hermano recién nacido, gobernaba a los mexicas la señora Ilancuéitl, esposa de Acamapichtli, considerado el primer emperador azteca desde que la reemplazó al quedar viudo, veinticuatro años después de la fundación de Tenochtitlan.

Angel María Garibay cita un canto mexica que se refiere al triunfo del dios misógino y lo retrata:

“En la Montaña de la Serpiente es capitán, junto a la montaña se pone la rodela como máscara. ¡Nadie a la verdad se muestra tan viril como él!”

Es importante, por una parte, la abundancia de serpientes en la representación de Coatlicue, y el hecho de que su hija Coyolxauhqui, rebelde ante el poder patriarcal, haya sido eliminada con un pedernal en forma de serpiente por su hermano menor en el mito que marca el ascenso del dios-sol de la guerra, y la instauración o algún tipo de consolidación del patriarcado militarista en el centro del México antiguo.

Si bien hacen falta estudios sobre la temática de que me ocupo para Mesoamérica, considero pertinente señalar que al tiempo que el culto a la deidad de la guerra se acentuaba, otra serpiente fue desplazada y exiliada. Se trata de Quetzalcóatl –el andrógino que parió un hijo–, serpiente emplumada ligada a la sabiduría, que enseñó a labrar los metales, la lapidaria y la astrología, además de haber entregado a los seres humanos el maíz.

Aparentemente el Quetzalcóatl deificado fue originalmente un personaje histórico, señor de los Toltecas, cuya derrota política lo llevó a la expulsión que se hace coincidir con la expansión por Mesoamérica de su cultura, atestiguada por ciertos rasgos de los hallazgos arqueológicos y de los documentos preparados por los cronistas españoles.

También me parece importante resaltar que el emblema totémico de un grupo mexica conquistador, eternizado hasta hoy en la mitología oficial republicana, consiste en un ave de rapiña –símbolo entre otras cosas del sol– que devora una serpiente. Y que en el momento de la conquista española existía entre los aztecas un dignatario –algo así como un sabio consejero principal del señor de Tenochtitlan– cuyo título era cihuacóatl (mujer serpiente o serpiente mujer o serpiente hembra).

La tradición griega

Aunque ya me he detenido en algunos mitos griegos, ahora me referiré un poco más detalladamente a varios aspectos de su misoginia.

Más serpientes desplazadas

Para continuar aún con la derrota de las serpientes ligadas a la sabiduría femenina desconocida por el dominio misógino, recordaré las múltiples matanzas de serpientes en la mitología griega. Por ejemplo, Zeus mató a Tifón, Apolo a Pitón; y Hércules a Ladón, guardiana del árbol de la fruta sagrada de Hera quien lo había recibido de la diosa Gaia al casarse, cuando Zeus la desplazó.

Hay que recordar también que en Creta, donde hasta el tercer milenio ACA subsistió aparentemente una sociedad solidaria, las deidades femeninas de las dos serpientes y las representaciones de convivencias festivas de hombres y mujeres son sustituidas por el culto al Minotauro ahí representado y ligado además con la construcción del trono más antiguo de que se tenga noticia en occidente (y que está esculpido sobre un muro de piedra en el Palacio de Knossos).

La Orestíada

Esta trilogía de Esquilo (Agamemnón, Las Coéforas y Las Euménides), un siglo más joven que la versión definitiva del Génesis, se refiere al juicio a que se somete a Orestes por el asesinato de su madre, Clitemnestra, quien a su vez había dado muerte a su marido, Agamemnón.

En un alegato jurídico, el dios Apolo sostiene que los hijos no están emparentados con sus madres:

No es la madre
del que llaman su hijo engendradora,
sino tan sólo del embrión nodriza.
El padre engendra, y el materno seno
al germen extranjero da hospedaje,
y si place a los dioses, lo conserva.
Es prueba de mi aserto que sin madre
puede el padre engendrar.
De ellos es testigo esta diosa inmortal, hija de Zeus.
Ni de matriz la cárcel tenebrosa
la aprisionó jamás, ni diosa alguna
tan bella prole producir pudiera.

Así presenta Apolo a Atenea, nacida como mujer adulta de la cabeza de Zeus e hija preferida de éste.

Al juzgar a Orestes, Atenea, quien debe dar el veredicto final, confirma personalmente la tesis de Apolo y se declara agente del orden patriarcal:

Sin madre nací;
y en todo (salvo en el himeneo),
lo varonil mi corazón cautiva.
Por la causa del padre me declaro.
No me mueve a piedad la desventura
de la mala mujer
que al propio esposo, al dueño del hogar, quita la vida.
De Orestes será el triunfo,
aunque los votos por una y otra partes iguales sean.
Jueces a quien este cuidado incumbe:
vaciad las urnas y contad los votos.

Atenea, como guardiana del patriarcado, establece así, de una vez y para siempre, que la sabiduría puede tener forma de mujer, pero sólo puede provenir de la cabeza de un hombre.

Con tales argumentos, Atenea derrota a las Euménides, o Furias, últimas representantes del orden premisógino, al emitir su sentencia con la que absuelve y hacer que Orestes sea absuelto de toda culpa por el asesinato de su madre.

Aunque sólo fuera de manera legendaria y ritual, el matricidio dejó así de ser crimen en la Grecia clásica. Con esa jurisprudencia se sacralizaron la supremacía de la paternidad y se redujo al mínimo la importancia de la relación humana primigenia, pero además se despojó oficialmente a la maternidad de todos los poderes míticos que había conferido a las mujeres y que podía seguir asignándoseles (aunque en la cotidianidad doméstica siguieran ejerciendo aquellos que convenían al domino masculino).

“¿Por qué un dramaturgo brillante como Esquilo escribiría una trilogía dramática alrededor de tal tema? ¿Y por qué esa trilogía (que en su época no fue teatro en el sentido actual de la palabra, sino drama ritual específicamente destinado a apelar a las emociones y a exigir conformidad con las normas prevalecientes), tenía que ser representada ceremonialmente ante todo el pueblo de Atenas, incluyendo mujeres y esclavos, en ocasiones rituales importantes?”

La Orestíada evoca la época en que se resolvió eliminar oficialmente las tradiciones premisóginas y se impuso el dominio patriarcal. Esquilo, intelectual orgánico de ese dominio, mostró, fundamentó y justificó el viraje de las normas solidarias hacia las del dominio misógino.

De esta manera, las mujeres quedarían condenadas de antemano (como Clitemnestra), si tan solo concebían alguna resistencia a su condición social sumisa. En el drama normativo de Esquilo, Atenea, deidad femenina de múltiples advocaciones incluyendo la de la sabiduría, acepta el dominio impuesto en la ciudad-Estado de la que es patrona. Se trata de una elaboración ideológica de la transformación de las leyes de lo que había sido el sistema de propiedad comunal o clánica de transmisión matrilineal. Con la Orestíada estamos, por lo tanto, ante la elaboración ideológica (explicación mítica y religiosa) que buscó construir el consenso para la sustitución de las formas jurídicas premisóginas y prepatriarcales, por el sistema de posesión masculina privada de la propiedad y de las mujeres.

En la Orestíada, la tradición popular representada por el coro es derrotada, y su personificación obligada a rendirse: Irremediablemente derrotadas, las Euménides (o Furias) se retiran a las cavernas de la Acrópolis obedeciendo la orden de Atenea. Como últimos vestigios del poder femenino preolímpico, ellas seguirán hilando los destinos de mujeres y hombres y determinando el tiempo en que deben nacer y morir. Pero en adelante, las que fueron custodias de los antiguos poderes de las mujeres quedarían reducidas como figuras menores, casi marginales, en el panteón dominado por nuevos dioses masculinos.

Las Euménides, sin embargo, habían alcanzado a decir a Apolo, el verdadero vencedor del juicio:

Derribaste las antiguas leyes.
A las viejas deidades engañaste…
¡De antiguas diosas,
nuevo dios,
te burlas!

Aristóteles pitagórico: el amor a la sabiduría
Simone de Beauvoir hace notar al comienzo de El segundo sexo:

“Un hombre no habría tenido la idea de escribir un libro acerca de la situación singular de los machos en la humanidad… Un hombre no comienza nunca ubicándose como individuo de cierto sexo: el hecho de que sea hombre es incuestionable…: el hombre representa a la vez lo positivo y lo neutro hasta el punto de que se dice `los hombres´ para designar a los seres humanos pues el sentido singular de la palabra vir se ha asimilado al sentido general del término homo… La mujer se presenta como lo negativo de manera tal que toda determinación se le asigna como limitación sin reciprocidad”.

Las primeras líneas del libro son palabras de hombre, de Pitágoras, citado en el primer epígrafe:

Hay un principio bueno que creó el orden, la luz y al hombre,
y un principio malo que creó el caos, las tinieblas y la mujer.

En el siglo IV ACA, Pitágoras de Samos organizó y encabezó en Crotona una comunidad ascética formada exclusivamente por hombres célibes. En ella se profesaban las enseñanzas místicas del maestro. Era una sociedad secreta presocrática y a la vez una agrupación política misógina que se quería escuela filosófica y hermandad religiosa. Sus convicciones básicas se refieren a la naturaleza matemática de la realidad, a la filosofía como instrumento de la purificación espiritual que conduce a la fusión entre el alma y lo divino, y al significado místico de ciertos símbolos. De acuerdo con Aristóteles , Pitágoras, quien declaró al 10 número perfecto, estableció una tabla con los siguientes opuestos, principios binarios de la creación de todas las cosas:

Desde luego, para Aristóteles el desprestigio moral y la incompletud humana de las mujeres se define en la columna de la izquierda. Nótese que Aristóteles sobrentendía que todo lo que coincide con el cuadrado es orden mientras que lo ilimitado y sus afines corresponden al caos, y que en su propio pensamiento único identificaba al movimiento con lo femenino y con la pluralidad, y todo ello con el mal.

Esta tabla tomada del estagirita complementa la cita de Pitágoras con la que Simone de Beauvoir resume, para comenzar, las concepciones dominantes sobre la esencia humana, sistematizadas por escrito en la tradición occidental hace más de dos mil años, arraigadas por milenios desde las primeras elaboraciones del pensamiento patriarcal y poderosamente vigentes hoy.

El principio masculino contiene lo limitado, o más bien lo delimitado, en el sentido de que lo delimitado es orden, clasificación, jerarquización. Como en los mitos bíblicos que también estaban fijándose lejos de Grecia.

Lo masculino es par y al mismo tiempo representa la unidad. Es la derecha, lo que está en reposo, lo que es recto, lo luminoso, el bien y lo cuadrado.

El principio femenino rige lo ilimitado, lo negativo, es lo non, lo singular aislado, por contraposición a lo par que es complicidad en el poder, y la pluralidad caótica o libertaria contraria a la unidad en el orden y la autoridad (la unidad parece concebida como fascio sintético atado por un cinturón de cuero que no puede romperse –el lazo de lo masculino frente a lo femenino disperso); lo femenino es curvo y está en movimiento y por ello evoca la informalidad, la anarquía y el desconcierto; es el mundo de las tinieblas, de lo incierto, que inspiran la búsqueda de lo desconocido y de lo diferente; es, por todo eso, oblongo y significa el mal.

Algo fundamental en esta concepción es la división en dos del universo desde el ámbito del amor clásico a la sabiduría.
Nuestras más antiguas tradiciones clásicas documentadas de tal manera que pueden rastrearse con bastante solidez, coinciden en los aspectos básicos del milenario régimen patriarcal de relaciones y de las concepciones más importantes de la misoginia religiosa filosófica, política y científica. Según el plano desde el que se elaboren los discursos del dominio, la Biblia y las obras de Aristóteles son referencias imprescindibles, muy a menudo confundidas en las ideologías cristianas por intermedio de la acción del imperio romano que controló las tierras de los tanaístas hebreos y de los pensadores griegos, y de unos y otros asimiló lo necesario para llevar adelante al patriarcado y a la misoginia.

Alternativas en curso

La obra de Poulain de la Barre, un precursor Simone de Beauvoir transcribe en un segundo epígrafe estas palabras de François Poulain de la Barre, cura católico y cartesiano convertido al protestantismo once años después de la publicación de su última obra:

Debe sospecharse de todo lo escrito por los hombres acerca de las mujeres, pues ellos son juez y parte a la vez.

Este filósofo francés que El Segundo Sexo nos permitió descubrir, publicó en 1673 De l´égalité des deux sexes (La igualdad de ambos sexos), en 1674 De l´éducation des dames pour la conduite de l´esprit dans les sciences et dans les moeurs. Entretiens (La educación de las mujeres para la formación del espíritu en las ciencias y en las costumbres. Conversaciones), y en 1675 De l´excellence des hommes contre l´égalité des sexes (La excelencia de los hombres contra la igualdad de los sexos) .

Las tres obras se enmarcaron en la llamada querelle des femmes en la que intervinieron, entre otros, Perrault y Molière.

Para retratar a Poulain con más detalle, agrego estas palabras suyas:

“Dios une la mente al cuerpo de la mujer del mismo modo que al del hombre, y los une por las mismas leyes. Los sentimientos, las pasiones y las voluntades establecen y mantienen esta unión. Puesto que la mente no opera de un modo en un sexo que en el otro, es igualmente capaz de las mismas cosas”.

Como lo hace notar Celia Amorós , el título del trabajo de Poulain sobre la educación, indica el propósito de derivar hacia los derechos de las mujeres las implicaciones de la crítica cartesiana del prejuicio, la tradición y el argumento de autoridad, así como del dualismo mente-cuerpo.

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