Ella y los hombres de Aída Bortnik

Cuando ella tenía cinco años, se enamoró de un hombre que se reía y la abrazaba muy, muy fuerte, que la subía sobre sus hombros y le mostraba el mundo desde allí arriba. Ella pensó que ese hombre era una montaña, y que las montañas no se mueren nunca, y que son el sitio más maravilloso del mundo para mirar la vida.

Cuando ella tenía quince años, se enamoró de un joven que tenía una frente muy, muy amplia y que la tomaba de la mano para conducirla y le decía que el mundo estaba mal hecho y había que cambiarlo. Ella pensó que ese joven era como las espadas y que las espadas no se mueren nunca y que son el objeto más maravilloso del mundo para cambiar la vida.

Cuando ella tenía veinticinco años, se enamoró de un hombre que tenía una voz muy, muy potente y que le hablaba de lo mucho que sabía y le decía que el mundo era para reproducir la savia y la sabiduría. Ella pensó que ese hombre era como el mar, y que el mar no se muere nunca, y que son el sitio más maravilloso del mundo para reproducir la vida.

Cuando ella tenía treinta y cinco años, se enamoró de un hombre que tenía un brazo muy, muy firme, y que la empujaba casi, subiendo interminables escaleras y le decía que el mundo era un lugar que había que conquistar peldaño a peldaño. Ella pensó que ese hombre era como un viento, y que los vientos no se mueren nunca, y que son el sitio más maravilloso del mundo para respirar la vida.

Cuando ella tenía cuarenta y cinco años, se enamoró de un hombre que tenía un pecho muy, muy sólido y que le ofrecía descansar allí su cabeza y le decía que el mundo era un lugar al que había que enfrentar con serenidad. Ella pensó que ese hombre era como una roca, y que las rocas no se mueren nunca, y que son la materia más maravillosa del mundo para resistir la vida.

Cuando ella tenía cincuenta y cinco años, se enamoró de un hombre que tenía unos ojos muy, muy claros, y que la invitaba a mirar lo que él veía y le decía que el mundo era un enigma que había que descifrar. Ella pensó que ese hombre era como un libro, y que los libros no se mueren nunca, y que son la fórmula más maravillosa del mundo para comprender la vida.

Cuando ella tenía sesenta y cinco años, se enamoró de un hombre que tenía un oído muy, muy fino, que la escuchaba con mucha atención y le decía que el mundo era un lugar por el que había que pasar para llegar a la verdadera vida. Ella pensó que ese hombre era como una melodía, y que las melodías no se mueren nunca, y que son la música más maravillosa del mundo para sentir la vida.

Cuando ella tenía setenta y cinco años, se enamoró de un hombre que tenía piernas muy, muy ágiles, y que la impulsaba a caminar todavía y le decía que el mundo era un lugar que había que recorrer a paso humano. Ella pensó que ese hombre era como un camino, y que los caminos no se mueren nunca, y que son el recurso más maravilloso del mundo para andar la vida.

Cuando ella tenía ochenta y cinco años, se enamoró de un hombre que tenía una memoria muy, muy rica, y que le decía que el mundo era un lugar en el que ya habían estado, y al que volverían. Ella pensó que ese hombre era como un dios, y que los dioses no se mueren nunca, y que son la idea más maravillosa del mundo para dar sentido a la vida.

Cuando ella tenía noventa y cinco años, se enamoró de un hombre que apenas veía, apenas oía, casi no caminaba, tenía pocas fuerzas, rara vez hablaba, y no siempre que algo era gracioso se reía. Ese hombre que no se parecía a una montaña ni a una espada, que no era el mar ni como el viento, que no le recordaba a las rocas ni a los caminos, que nada decía que sonara como un libro ni como una melodía; ese hombre que era nada más que un hombre le preguntó quién era ella. Y ella descubrió que no lo sabía.

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