¿Una nueva hoguera de las vanidades?

A fines del siglo XV, en la Florencia renacentista de los Médicis, un carismático monje de la orden dominica subyugado hasta la médula por el fanatismo religioso, adquirió una inmensa popularidad y no poco ascendiente político con su cruzada moral contra el pecado en todas sus formas: las «pervertidas» artes y letras del Quattrocento, la «aberrante» homosexualidad, la moda «indecente», la cosmética «depravadora», etc. etc. Con sus sermones exaltados y apocalípticos, el fraile Girolamo Savonarola logró inocular en la vida pública florentina el veneno de la intolerancia y la persecución. El correlato práctico e inmediato de su éxito proselitista fue la falò delle vanità u «hoguera de las vanidades», gran fogata situada en la plaza principal de la ciudad donde se arrojaban todos los objetos «pecaminosos» asociados a la profanidad «impía» de los nuevos tiempos: libros, pinturas, esculturas, prendas de vestir, adornos, perfumes… En las voraces llamas de Savonarola y sus seguidores ardieron muchas obras maestras de las artes plásticas florentinas, e innumerables ejemplares de los libros de Petrarca y Boccaccio.
Hoy, en Mendoza, la DGE –si se me permite la metáfora– acaba de organizar una nueva hoguera de las vanidades. El misoneísmo y el oscurantismo pueden ser muy abrasivos, aunque su fuego no sea el de la combustión química. Hay una biblioclastia material, como la que antaño patrocinó Savonarola, y una biblioclastia simbólica, como la que hoy han consumado demagógicamente las autoridades educativas de la provincia cediendo a las presiones del establishment religioso, aviniéndose servilmente a la retrógrada moralina cristiana. La DGE ha dispuesto que se retiren de las bibliotecas escolares los ejemplares de varios libros recientemente distribuidos por el Ministerio de Educación de la Nación en el marco del Plan Nacional de Lectura, alegando que los mismos tienen contenidos impropios (groserías verbales, incitación a la violencia, sexo, etc.). ¿Y la anunciada apertura de la escolaridad pública a las nuevas realidades sociales y problemáticas culturales? Bien, gracias. Los cajones del escritorio de la Lic. Vollmer son gigantescos. Habrá que seguir esperando…
Sin duda, hay en esos libros personajes, diálogos y situaciones que dan cuenta de estos tiempos, tiempos que ciertamente no son idílicos… Hombres del hampa, palabras soeces, comentarios xenofóbicos, prostitución, violencia… Pero reflejarlos con crudeza no necesariamente es ensalzarlos. Que un autor muestre las miserias humanas en sus ficciones, no significa que las avale y preconice. Podría ser su propósito el de simplemente limitarse a describir con realismo el mundo que lo rodea, sin juzgarlo. O también, por qué no (muchos artistas lo han hecho a lo largo de la historia), el de visibilizar los males sociales con la intención de que se tome conciencia de ellos y se emprendan acciones para remediarlos. Matar al mensajero –como reza el dicho popular– es una solución absurda, injusta y, por sobre todas los cosas, inconducente. Ningún problema real de la sociedad se arregla combatiendo la sinceridad y franqueza del arte.
Por lo demás, hay otros personajes, diálogos y situaciones en dichas publicaciones que sólo pueden resultar indecentes y censurables para los sectores confesionales más pacatos y reaccionarios de la sociedad mendocina. Si prácticas como la homosexualidad y las relaciones prematrimoniales –por citar dos ejemplos– se les antojan vicios abominables, ¿toda la sociedad debe bailar al compás de su intolerante oscurantismo? ¿Vivimos en una democracia pluralista o en una dictadura clerical?
Hay que aclarar que los libros prohibidos no eran material didáctico para el aula, textos de lectura obligatoria. Fueron enviados a las bibliotecas escolares como una opción extracurricular. No es éste un detalle menor: en las bibliotecas escolares abundan los clásicos infantiles y juveniles (Salgari, Verne, Kipling, Alcott, Dumas, etc.) con sesgos ideológicos decididamente reaccionarios: imperialismo, colonialismo, militarismo, belicismo, chauvinismo, racismo, antisemitismo, sexismo… Es decir –para que quede bien claro–, libros donde no solamente determinados personajes adhieren a esas ideas, sino donde el propio autor las asume convencido y hace apología de ellas. Si siguiéramos al pie de la letra el trasnochado criterio bibliográfico del establishment religioso y la DGE, todos esos títulos también deberían ser retirados de los anaqueles de las bibliotecas escolares. ¿No es acaso mejor –más eficaz y edificante– enseñar a nuestros niños y jóvenes a examinar con espíritu crítico lo que leen?
Al integrismo cristiano sólo lo desvelan temas como el sexo extramatrimonial y los abortos inducidos. La explotación capitalista, la desigualdad social, la miseria, el hambre, las guerras, la destrucción del medio ambiente, los femicidios, la xenofobia, el terrorismo de Estado, etc. etc., son nimios infortunios del «valle de lágrimas» que hay que soportar con paciencia y mansedumbre en espera de la felicidad eterna más allá de la muerte. Una actitud de resignación que, por cierto, en el caso de la Iglesia católica, no se olvida hacer extensiva a las tribulaciones de entrecasa, como la corrupción financiera del Banco Vaticano, los nexos non sanctos con la mafia italiana y los innumerables casos de pederastia dentro de sus instituciones. El fundamentalismo religioso ve la obra maléfica del Demonio en un adolescente que se masturba o en un artista que pinta cuerpos desnudos, pero no en una dictadura que extermina 30 mil personas en su cruzada anticomunista ni en una corporación multinacional que reduce costos apelando al trabajo esclavo y las tecnologías contaminantes.
Retomo el hilo principal de mi exposición. Aun en el caso de que nos pareciera poco acertada la decisión de haber destinado fondos públicos a la compra y distribución de dichos materiales en las bibliotecas escolares, harina de otro costal es tomar la decisión discrecional –ya consumado el hecho– de retirarlos de los anaqueles. Hacer desaparecer de las bibliotecas escolares miles de libros es un asunto delicadísimo. Sólo en situaciones-límite podría ser aceptable un proceder semejante. Y claramente, éste no es el caso. No se trata de materiales pornográficos, ni de textos en los cuales el autor haga apología de la violación a los derechos humanos, ni de nada parecido. De todas las alternativas en danza, la DGE optó por la peor, la más absurda en sus fundamentos y la más funesta por sus implicancias: ceder rastreramente a las presiones del conservadurismo religioso. Es muy legítimo y necesario debatir acerca de qué repertorio bibliográfico deben ofrecer las bibliotecas escolares hoy en Mendoza, pero la medida retroactiva de «depurar» sus anaqueles en salvaguardia de la moralidad, no guarda proporción alguna con el supuesto perjuicio que se alega querer subsanar. Podemos discutir bizantinamente si la manzana de la discordia es saludable o patógena, pero de algo podemos estar seguros: nunca el remedio debe ser peor que la enfermedad, sea ella real o imaginaria.

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