OTRAS MIRADAS posibles SOBRE EL BICENTENARIO -Neuquén-Argentina-

Actos y festivales por acá, concursos y encuentros por allá, foros y charlas acullá, el país entero ya vive lo que se ha denominado el bicentenario de la nación. Y a medida que se acerque el 25 de mayo asistiremos a un “in crescendo” de acontecimientos tendientes a reforzar “el cumpleaños de la patria”. Dentro de esos festejos, el papel que el Estado le reserva al aparato escolar vuelve a ser relevante. En todos los niveles y modalidades, docentes y estudiantes deberán abocarse a la realización de variadas actividades que promuevan con la comunidad el festejo por los doscientos años del país.

Y que el Estado vuelva a descansar en los espacios-tiempos escolares para exaltar la idea de nacionalidad e identidad nacional no es fortuito; viene a reforzar una de los principios fundantes que le dio origen al sistema educativo en este país: “… robustecer por medio de la educación común el principio de la nacionalidad y sus aspectos en el orden moral y material” (1). Tanto en el siglo XIX como en el XXI, desde diversas asignaturas y rituales escolares –como los actos patrios- la escuela juega un papel central para el desarrollo de la idea de Nación.

Pero cuando hablamos de Nación ¿de qué hablamos? La nación es una construcción, es una ficción, decidida, planeada y querida por quienes, por medio de ella, establecen un determinado orden político y económico. Son las clases sociales que se apropiaron de la tierra, los recursos naturales y construyeron el Estado argentino quienes se dan a la tarea de desarrollar “su” proyecto económico-político en nombre de los intereses generales de “la Nación” y de construir una determinada idea de Nación.

¿Quiénes fueron esas clases sociales? Desde Mayo de 1810, los grandes hacendados y comerciantes porteños asociados al capital inglés. ¿Cómo aparecen esos intereses generales? Bajo los conceptos de “el país”, “la nación”, “la Argentina”. Porque la nación argentina no es una realidad histórica previa a la voluntad política de quienes la inventaron, la organizaron y la impusieron por la fuerza inicialmente, para usufructuarla económicamente luego.

Es esa misma clase social, la de los propietarios, la que, a través del manejo del Estado argentino, inculca esa idea de nación en el ámbito escolar. Ahora, trabajar la categoría de nación en el aula, ayer y hoy, es establecer una permanente relación entre la conservación y el olvido, con la memoria interactuando entre ambos. La conservación es todo aquello que trasponemos pedagógicamente al aula que, en lo referido a la idea de nación, todavía transmite buena parte de los postulados y valores de la/s historia/s oficiales, vía manuales y libros de textos; el olvido tiene que ver con los sujetos sociales invisibilizados en esas/s historia/s de construcción del país, de la Argentina, y que, también en buena medida, siguen invisibilizados en el aula; y la memoria se liga con la ética para que, en un ejercicio reflexivo de la libertad, los docentes puedan arrancar del olvido y conservar pedagógicamente todo aquello que sucumbió en la construcción de este país.

Arrancar del olvido las experiencias de emancipación anteriores a Mayo de 1810, por ejemplo, y por caso, la Revolución de Haití (1791-1804) o la revuelta de Tupac Amaru (1780-81) o la revuelta de 1809 de Chuquisaca y la Paz. Experiencias que combinan las aspiraciones a la libertad política junto con la emancipación social y económica de las poblaciones nativas. Seleccionar de la memoria para trabajar en el aula la idea de “La Patria Grande” de José Gervasio Artigas: qué se proponía con la expropiación de los grandes latifundios improductivos, cómo era eso de elaborar una constitución política recabando la opinión de toda la población, letrada e iletrada, qué significaba “gobernar en beneficio de los más infelices, de los gauchos, los indios, los negros, las viudas y huérfanos”.

¿Qué logra esta interacción de la memoria entre la conservación y el olvido?

Transparentar la idea de nación, justamente; hacer visible que esa invención de las clases dominantes tiene, entre otras funciones, la de ocultar las asimetrías sociales, económicas, étnicas, de género, que hay al interior de la nación. Devela cómo se conforman subjetividades, cómo se construyen los imaginarios sociales, como despliegan sus ritos y símbolos (banderas, actos, galería de próceres) cimentando así, mitos de origen y que adquieren un estatuto de verdad solo por la eficacia de la construcción de una pertenencia a un nosotros excluyente y a la repitencia cíclica de su relato. Por ello, la construcción del Estado nacional va a requerir de un sistema educativo que transmita de generación en generación las historias, símbolos y valores que otorguen homogeneidad a un cuerpo social que, en tanto configurado como sociedad capitalista, está atravesado por intereses antagónicos.

Y esas historias, necesariamente, van a ser falsificadas. Porque la delimitación arbitraria de las fronteras, para su dominio político y explotación económica por parte de una minoría de propietarios, requiere de matanzas, exterminios, … y olvidos, necesita de fechas patrias, de inventar una galería de próceres y de ámbitos educativos que recreen esas mentiras y olvidos. Porque, -¿Cómo explicar en nuestras aulas el genocidio de casi 100.000 gauchos por parte de las llamadas presidencias fundacionales: Mitre, Sarmiento y Avellaneda entre 1862 y 1880? Hay que inventar (y recrear pedagógicamente) la historia del “progreso y la civilización” contra “el atraso y la ignorancia”.

-¿Cómo explicar a nuestros alumnos/as el exterminio de los pueblos originarios, ese genocidio, etnocidio y ecocidio que continúa al día de hoy contra los mapuces, los wichís, los tobas? Toda la región del Gran Chaco y la Patagonia habitada desde tiempos ancestrales por otros pueblos, ahora pasan a ser territorio argentino en nombre de “el orden y el progreso”.

-¿Cómo enseñar la guerra de la triple infamia (Argentina, Uruguay y Brasil) contra Paraguay, bajo las presidencias de Mitre y Sarmiento, entre 1865-1870? Señalando los motivos económico-políticos que, bajo el patrocinio de Inglaterra, empujaron a Argentina y Brasil a destruir al pueblo paraguayo y quedarse con 200.000 kilómetros cuadrados de su territorio? Cómo se explica que lo que actualmente es la provincia de Formosa y buena parte de Misiones le fueron robadas por la Argentina a Paraguay? Y el genocidio de su población, a tal punto que al finalizar la guerra sólo quedaba con vida un cuarto de su población?

-¿Cómo enseñar en las aulas las masacres obreras de la historia argentina llevadas adelante por las fuerzas armadas y de seguridad en nombre de “La patria y los valores fundamentales de la nación argentina”?

-¿Qué fue de la numerosa población negra que habitaba este país, a tal punto que en Mayo de 1810, uno de cada tres habitantes de Buenos Aires tenía ese color de piel?

-¿Cómo tratamos en el colegio el genocidio perpetrado por la última dictadura cívico-militar del ´76 al ´83 en nombre de “la civilización occidental y cristiana” y la nación? ¿Y los sucesos del 19 y 20 de diciembre del 2001?

Como bien señala Pablo Imen “la existencia de un sistema educativo y una política educativa para la hegemonía de las clases dominantes es una vieja realidad política, social y pedagógica” (2). Y como contribución para lograr esa hegemonía, los dispositivos pedagógicos escolares tienden a desarrollar esa idea de nación e identidad nacional tan caras a las clases propietarias. Nacionalidad que, necesariamente, ha de acudir al imaginario instituido y no a las condiciones materiales de existencia ya que, el imaginario es aunador mientras que la existencia (el devenir siendo) es una instancia difícil de sobornar porque reclama pruebas y confirmaciones empíricas; en el caso de la nación argentina, no se pueden esgrimir razones sin confesar las mentiras y crímenes de origen que le han dado existencia (algunos de los cuales mencionamos anteriormente). De ahí, las historias, lenguajes, “verdades” y olvidos que las clases dominantes de este país han construido y la pretensión de que, bajo los fastos del bicentenario, los docentes las sigan recreando en el aula.

Y acá es donde la ética docente, entendida como una ética en situación (ya que no hay éticas universales) tiene la posibilidad de desplegarse como una práctica social emancipadora; emanciparse de la propia tradición escolar que todavía le otorga a la nacionalidad los atributos de una esencia redentora y eterna con “próceres” portadores de una presunta “esencia nacional”. Liberarse de la liturgia de los actos patrios donde se rinde culto a una galería de “próceres” y acontecimientos confeccionada por la historia oficial sobre la base del ocultamiento y la falsificación.
Y un primer paso en el despliegue de esa ética situacional, es la denuncia de la nacionalidad como encubridora de las múltiples identidades sometidas, sojuzgadas y silenciadas en estos doscientos años. Identidades étnicas, de clase, de género, sexuales, raciales, subordinadas cuando no acalladas, en nombre de “el país”, de “la nación”, de “la Argentina”. Un país construido, desde sus mismos inicios, a sangre y fuego, a imagen y semejanza de sus clases propietarias: blanco, europeizante, católico, sexista y clasista. Las historias y sujetos sociales que pretendieron desafiar esa clasificación hegemónica merecieron el olvido y su invisibilidad. ¿Tendrán lugar en nuestras aulas?
En el año del bicentenario, y como parte de la re-significación de nuestra propia tarea docente en la perspectiva de una pedagogía emancipadora, rescatamos del olvido algunas gestas populares de nuestra historia como país; para que las mismas comiencen a ocupar los lugares aúlicos vedados por la hegemonía de las clases dominante, nombramos algunas:

-El proyecto social, económico y político de Gervasio Artigas, procurando alcanzar el bienestar de toda la población, en especial de las mayorías trabajadoras (y no sólo de una minoría social).

-La negativa de Felipe Varela a la guerra contra el Paraguay y la deserción efectiva de miles de soldados argentinos que se negaron a pelear contra el hermano pueblo paraguayo.
-Las luchas del gaucho por conservar su libertad contra “la civilización” genocida de Mitre y Sarmiento.

-Las luchas de los pueblos originarios por recuperar sus historias y territorios usurpados por el ejército argentino ayer, por las corporaciones sojeras hoy.

-Las luchas de aquellos obreras/as que nos legaron sindicatos, descanso dominical, jornada laboral de 8 horas, etc., y tantas otras conquistas, a despecho de las sangrientas represiones que gobiernos argentinos de civiles y militares descargaron sobre ellos.

-Las luchas de aquellos primeros núcleos de mujeres que, en un país marcado fuertemente por una cultura patriarcal, se atrevieron a visibilizar demandas de género.

-Las luchas de trabajadores y estudiantes por cambiar las condiciones de explotación e injusticia intentando construir una sociedad igualitaria.

-Las luchas de las fábricas recuperadas y puestas a funcionar autogestivamente por sus obreros.
Y las incontables luchas, de ayer y de hoy, llevadas adelante por minorías raciales, étnicas, de género, sexuales, etc., en procura de lograr visibilidad social.

Son solo algunas de las tantas batallas que, como trabajadores y trabajadoras de este país, hemos librado buscando, en mayor o menor medida, una sociedad con justicia, igualdad y libertad. Por ello mismo, son luchas que trascienden la idea de nación acotada a un territorio geográfico ya que, presuponen, una sociedad de iguales, sin distingos étnicos, raciales, sexuales, de género o nacionales (en oposición a la hegemónica y egoísta (3) idea de nación de las clases dominantes). En estas y tantas otras luchas de ayer y de hoy, subyace la aspiración a una sociedad humana donde “el día que el triunfo alcancemos, ni pobres ni hambrientos habrá, la tierra será el paraíso de toda la humanidad” (y no de unos pocos, cualesquiera sea su nacionalidad).

Queda por ver si nuestras prácticas docentes tienen lugar para imaginarse …

“Imagina que no hay países, No es difícil hacerlo
Nada por lo que matar o morir, Tampoco ninguna religión
Imagina a toda la gente, Viviendo la vida en paz
Imagina que no hay posesiones, Me pregunto si puedes
Ninguna necesidad por codicia o hambre, Una hermandad del hombre
Imagina a toda la gente, Compartiendo todo el mundo”
(Fragmentos de Imagina de John Lennon -1971)

(1)-Bertoni,A. Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX. F.C.E., Bs. As., 2007, Pág. 46 y 47.

(2)-Imen, P. La escuela pública sitiada. Ediciones del CCC, Bs. As., 2005, Pág. 213

(3)-Savater, F. Contra “las patrias”. Tusquets Editores, Barcelona, 1984. “La nación es un sistema de egoísmo organizado” afirma el autor; justamente, lo que hacen los propietarios de los medios de producción es organizar “sus” intereses económicos bajo el formato de un Estado-nación que, a sangre y fuego, delimita un espacio geográfico para su explotación y dominio económico-político. Dicha explotación y dominio particulares se ejercen, desde luego, en nombre de “los intereses supremos del país y la nación”.

Extraído de: Vientos del sur-Año 2 Número 3-la revista de aten capital-Neuquén-Argentina-

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