¿Qué es la ideología queer? -María José Binetti-

1) Introducción: ¿por qué una “ideología queer”?

Resulta fundamental que revisemos y entendamos con seriedad lo que es la ideología queer más allá del naive relato instalado que la hace pasar por una cuestión de inclusión de las diversidades sexuales, ampliación de derechos, superación de binarismos, o des-estigmatización y des-patologización de las personas LGBTIQ+, etc. Todas estas maniobras distractivas buscan ocultar la verdadera intención ideológica: erosionar el estado de derecho que ha logrado el feminismo gracias a 3 siglos de lucha para perpetuar los privilegios masculinos, desregular la economía y radicalizar la explotación sexo-reproductiva de las mujeres bajo los artilugios de la “autonomía corporal”, la “autodeterminación identitaria”, el libre consentimiento y el contrato entre “iguales”.

La ideología queer es estrictamente una ideología, vale decir, una pseudo-teoría explicativa de la realidad en su conjunto que surge en la academia. Por eso es importante introducir algunos elementos teóricos y herramientas que nos ayuden a comprender de qué hablamos cuando utilizamos categorías e ideas instalados por esta ideología.

Cuando decimos “ideología queer” no aludimos a mujeres o varones sexualmente diversos, porque sexualmente diversos somos todas y todos, la sexualidad es en sí misma diversidad y diferir activo. Hablamos en todo caso de una ideología que afirma que no hay mujeres y varones sexualmente diversos, sino normados y externamente confrontados con la verdadera diversidad que pertenecería a las “personas” –sexualmente neutras– LGBTIQ+ –ni mujeres ni varones–. Tampoco hablamos de una cuestión de derechos humanos. Los DDHH son universales y atañen a toda persona por igual independientemente de su condición o auto-representación. La ideología queer considera en cambio que los derechos son relativos y que algunas personan tienen el privilegio de que sus representaciones y deseos subjetivos valgan como realidad pública y universal, vale decir, de que representación privada “sea” la cosa representada –la identidad de género “sea” sexo–. La ideología queer tampoco son estudios etnográficos o socio-históricos que tengan como objeto a lesbianas, gays, bisexuales, interaAAsexuales o varones y mujeres en general autopercibidos en otros cuerpos. Tales estudios serían parte de la historia, la sociología o la etnografía, no una ideología.  Para hablar de ideología necesitamos otros elementos.

La ideología queer pretende ser una explicación filosófica de la realidad en su conjunto, y de varones y mujeres en particular, de su diferencia sexual. ¿Por qué digo que es una ideología y no una teoría o una serie de teorías? Porque los propios ideólogos queer lo dicen:

“Lo que Teoría queer llamamos teoría queer no es un corpus organizado de enunciados, ni tiene ninguna pretensión de cientificidad, ni posee un autor único, ni aspira a dar cuenta de un objeto claramente definido, es decir, no es propiamente hablando ‘una teoría’” (Javier Sáez)

La ideología queer no responde a criterios de racionalidad o verdad, ni a demostraciones de carácter público y objetivo, evidencias o contrastaciones científicas. Se trata más bien de relatos, ficciones, discursos diseminados, fragmentados que obedecen a una lógica inventiva, poética y performativa. Para la ideología queer la realidad misma es ficción, relato, discurso, poesía, performances lingüísticas, o también autopercepciones, deseos, fantasías, identificaciones individuales, etc. No hay hechos públicos, sino meras interpretaciones privadas.

Los relatos queer comparten algunos rasgos comunes a toda ideología. 1) son una visión distorsionada de la realidad que carece de evidencia, justificación o demostración; 2) cumplen una función económica, en este caso, promueven la industria y el mercado de los cuerpos; 3) satisfacen la fantasía, distraen, estimulan el narcisismo infantil omnipotente y el ideal del yo. La ideología apela al sentimiento, la emotividad, el Ideal del Yo. La ideología queer se presenta como una cruzada por la autenticidad y la superación moral de la humanidad en manos de algunos iluminados que han roto las cadenas de las imposiciones sociales, o mejor dicho, que han fragmentado, invertido y recombinado tales cadenas. La ideología nos invita a fluir auténticamente, deconstruirnos y deconstruir las etiquetas fijas que nos definen, etc. Esta satisfacción imaginaria de la omnipotencia narcisista infantil explica en gran medida el éxito de esta ideología; la otra gran medida de su éxito son los lobbies corporativos que la fondean.

Este “corpus” de relatos, fantasías y percepciones privadas –ni racional ni demostrativo ni evidente– surge en la academia, y no es ni más ni menos que el discurso posmoderno: una suerte metafísica que pretende interpretar toda la realidad a partir de una mono-causalidad lingüisticista, toda la realidad se reduciría a discurso social o significantes lingüísticos. En filosofía esto se llama un “esencialismo socio-discursivo” o “fundacionalismo epistemológico” de índole lingüística, que pretende explicar toda realidad y conocimiento a partir del lenguaje. La ideología queer es la ideología posmoderna aplicada a la cuestión sexo-genérica.

La denominación “teoría queer” se debe a Teresa de Lauretis, quien la usó por primera vez en un volumen colectivo de la revista Differences en 1991, titulado: “Queer Theory: Lesbian and Gay Sexualities”. Esta supuesta teoría aparecía como el marco interpretativo de las comunidades gays y transexuales de los ’80 y ’90 tales como Queer Nation, ACT-UP (Aids Coalition to Unleash Power), Radical Furies o Lesbian Avengers. Entre mediados de los ochenta y principios de los noventa estos movimientos comenzaron a identificarse a sí mismos como queer. Se trataba de grupos marginales azotados por la crisis del SIDA y excluidos de las políticas sanitarias, que comenzaron a organizarse para acceder medicamentos y encontrar estrategias de supervivencia. Se apropiaron así del adjetivo despectivo “queer” que los descalificaba para resignificarlo y dirigir su crítica al régimen hegemónico heterosexual, aunque también a la hegemonía homosexual blanca, burguesa y elitista.

Hay que distinguir en este punto los movimientos o el activismo queer de estos grupos marginales de los ’80 y ’90 cuyos miembros buscaban ser reconocidos como sujetos de derechos humanos, de la teoría queer desplegada en ocasión de ellos por autoras como Teresa de Lauretis, Eve Kosofsky Sedgwick, Judith Halberstam, Paul B. Preciado, etc., bajo la influencia autores como Michel Foucault, Gilles Deleuze, Jacques Derrida, Judith Butler etc. Una cosa es interpretar estos movimientos desde una perspectiva realista y bajo el amparo de los derechos humanos universales, otra cosa es hacerlo desde la ideología posmoderna, antirrealista y constructivista. En concreto, la interpretación de la ideología posmoderna quitó a esos movimientos su potencial genuinamente transformador al amparo de los derechos humanos, y terminó por convertirlos en un producto más de la industria cultural hegemónica y el relativismo transhumanista. Paradójicamente lo que nace en los márgenes del sistema capitalista como una fuerza anti-asimilacionista, se convirtió gracias a la ideología posmoderna en el mainstream neo-liberal, fondeado por las corporaciones de la industria médica y farmacológica. Veamos entonces cuáles son los elementos clave de la ideología queer en materia de género, sexualidad y política.

 2) La quintaesencia ideológica: el sexo es una construcción cultural

La posmodernidad es una corriente filosófica antirrealista que entiende que lo real son ficciones, relatos, simulacros sin original ni copia, performances discursivas que crean las cosas por repetición fonética. Aunque normalmente no tenemos experiencia de que hablando creemos nada, sin embargo, la posmodernidad asegura que no hay hechos dados sino solo interpretaciones discursivas y subjetivas que construyen los hechos a partir de los significantes sociales. En este sentido, la ideología posmoderna es un androcentrismo cuyo modelo es el hombre-varón racional y discursivo, productor de todas las cosas: “el hombre es la medida de todas las cosas” (Protágoras) y maneja con el discurso toda la realidad.

Para la postmodernidad, no hay por lo tanto verdad sino múltiples “posverdades” que coinciden con lo que cada uno dice, cree, opina, siente percibe, etc. Las posverdades son funciones del discurso. Esto supone un escepticismo radical en materia de conocimiento y un relativismo cultural y moral: todo depende del sujeto, la cultura, el sentimiento subjetivo, la autopercepción, etc. Por eso la posmodernidad niega cualquier intento de universalidad, los derechos humanos universales o las estructuras de poder desiguales. El problema del escepticismo y el relativismo es que no puede resolver mediante la verdad y la justicia las diferencias y conflictos de intereses, y desemboca inevitablemente en posiciones autoritarias o reaccionarias donde la razón la tiene el más fuerte, el que tiene más poder, más dinero. Sin medida común universal, volvemos al neo-tribalismo del más fuerte.

Dado que para la postmodernidad todo es en el fondo discurso, también lo es el sexo. La ideología queer son los mismos supuestos posmodernos aplicados a la cuestión sexo-genérica, de la cual resulta que el sexo es una construcción cultural. Si el sexo es una construcción, el sexo es género y el género termina siendo el que cada uno imagine, desee, perciba: la identidad de género o los géneros autodesignados. Esta idea de que el sexo es una construcción cultural proviene de Michel Foucault, que en la Historia de la sexualidad afirma que la sexualidad es una invención de la época victoriana, producto de la maquinaria de poder moderna hetero-normada –por suerte su pedofilia en las colonias de Francia superó la norma hetero–. Esta idea de Foucault es retomada por Judith Butler y aplicada por ella al dualismo sexo-género, de donde resulta que el sexo siempre fue género, vale decir: función discursiva, ficción reguladora, posición social, praxis normativa, que materializa los cuerpos, deseos, subjetividades etc. En Butler leemos afirmaciones tales como:

 

“El género designa el verdadero aparato de producción en y por el cual los sexos son establecidos” (Judith Butler).

“El ‘sexo’ es un ideal regulatorio cuya materialización es obligada, y esta materialización tiene lugar (o fracasa en tomar lugar) a través de ciertas prácticas altamente reguladoras” (Judith Butler).

“Masculino y femenino son categorías pasadas de moda” (Judith Halberstam).

  “Mujer” es por lo tanto un significante político –un nombre– definido por la hetero-normatividad, esto es, por la elección de objeto sexual masculino o bien por el falo. La repetición performativa naturaliza a la mujer como lo opuesto al varón, y a ambos por oposición a lo anormal, lo enfermo, lo abyecto o desviado, que queda así excluido de lo natural por el mismo acto político que instituye lo hetero-normado. Lo abyecto es expuesto por la norma hegemónica a la violencia, psiquiatrización, estigmatización, privación de derechos, criminalización o la muerte. Esa “precariedad” a la que son sometidas las minorías genéricas es una preocupación constante en Butler.

Butler retoma aquí la idea de Jacques Lacan según la cual mujeres y varones son meros significantes, nombres, modos de decirse, posiciones en el discurso que se asumen por medio de identificaciones simbólico-imaginarias (Seminario XX: Aún). Dado que se trata de meras posiciones discursivas, cualquier sujeto hablante pueden ubicare tanto del lado femenino como masculino de las fórmulas de la sexuación según sea su relación con el Falo: medida última de toda posición. Ser mujer o varón no tiene entonces que ver con el propio cuerpo sexuado sino con el discurso social que construye cuerpos y subjetividades.

Todo este relato constructivista es una falacia o varias falacias. ¿Cuáles? Propiamente dicha, la falacia no es confundir sexo con género, o biología con cultura. La ideología queer no los confunde, sino que dice que el sexo o la biología o la naturaleza son un producto cultural. Podríamos conceder parcialmente esta idea, solo en parte, en tanto y en cuanto es verdad que hay elementos culturales en el sexo. En efecto, la ciencia misma afirma que lo biológico como realidad viviente se construye en el sentido de que es una realidad dinámica que está en constante interacción con el medio. Desde por lo menos la teoría de la evolución natural sabemos esta se produce por acción recíproca con el medioambiente, la inteligencia, el fuego, la lucha, la competencia, lo que se come, etc. La genética interactúa con elementos epigenéticos, nuestras neuronas se articulan a partir de la experiencia, la historia personal, la interacción humana y la cultura. Si tomamos la biología como ciencia, claramente es de suyo producto cultural. Otro tanto vale para la cultura, que tiene también fines biológicos: proteger la vida de la muerte, expandirla. Pensamos y construimos cultura con el cuerpo orgánico, el cerebro. La cultura es inmanente al cuerpo y el cuerpo es inmanente a la cultural. Todo esto lo podemos conceder. Lo que no podemos conceder es la reducción de lo biológico a lo cultural, ni viceversa.

La primera falacia es por lo tanto reducir un término al otro y consiste en tomar la parte por el todo.  El hecho de que no existan independientemente no significa que sean reducibles o no puedan distinguirse. Aun cuando el sexo o la biología tengan elementos culturales, no son reducible a lo cultural ni lo cultural a lo biológico. La segunda falacia conectada con la anterior es oponer de manera dualista y excluyente naturaleza y cultura, como si la primera fuera estática, inmutable, fija, y la segunda dinámica, contingente, mutable.  Si pensamos en los estereotipos culturales de género, más bien daría la impresión de que es justamente lo contrario: lo fijo es la cultura mientras que la naturaleza cambia, falla y evoluciona constantemente. La tercera falacia es reducir toda explicación causal a la razón socio-política, que sería el origen de todas las cosas, una suerte mono-causalidad omni-explicativa. Comemos, nos enamoramos, aprendemos, respiramos, hacemos la digestión, creamos arte etc., porque la maquinaria social así lo dispone. Esto no significa que no haya elementos políticos en todo lo que hacemos, sino que la acción humana no es reducible a lo político, hay muchos otros factores que intervienen en ella como lo orgánico, la libertad, la pulsión vital, etc. etc.

Todo esto deriva de una cuarta falacia que consiste en confundir la “cosa” con la “representación”, el sexo con la idea que tenemos de sexo, con su representación cultural. La representación de una cosa no es la cosa. La representación es de la cosa, pero no la cosa misma. Sin embargo, para el constructivismo posmoderno la representación es la cosa. Pongamos un ejemplo: la cosa “sexo” existe –supongamos, por lo menos– hace 300.000 años cuando apare el homo sapiens o millones de años antes cuando aparecen los mamíferos. Desde entonces hasta ahora su representación ha ido cambiando. El hombre primitivo no tenía ni la palabra ni la representación del óvulo, los cromosomas o los órganos vitales, lo cual no significa que no tuviera sexo o vivencia del sexo o de sus órganos. Otro ejemplo, el patriarcado tiene una representación falsa e injusta del sexo femenino como pasividad, privación, subordinación, etc. Como para nosotras la cosa no es la representación, nuestro objetivo es erradicar ese concepto falso de sexo y sustituirlo por uno más ajustado a la dignidad de las mujeres y la justicia social. Esto lo hace un realismo feminista.

Para la ideología queer, en cambio, es imposible distinguir conceptos verdaderos o falsos de una cosa o liberar a las mujeres de los estereotipos sexistas, porque la cosa es su representación: las mujeres somos los estereotipos. Esto es lo que se llama constructivismo socio-discursivo: la representación o el discurso generan la cosa, sus leyes naturales, biológicas, etc. Por eso Foucault puede decir que la sexualidad nace en la modernidad o Butler, que hay tantos sexos cuantos imaginemos sin que ninguno sea ni verdadero ni falso, ni justo ni injusto. Podemos construir otros sexos o géneros, pero no liberarnos de representaciones opresoras, porque en realidad no hay nada que liberar ni nada opresor. Todas son construcciones sociales y el sujeto es efecto de ellas. A pesar de toda su retórica que anuncia la liberación y la superación del binarismo, la ideología queer no emancipa a nadie de nada, porque para ella toda acción es resultado de los dispositivos de poder.

La ideología queer resulta así un representacionismo abstracto –la representación es la cosa– de nociones dualistas, cerradas y excluyentes: naturaleza y cultura, cuerpo y lenguaje, biología y lenguaje, los iguales y los diversos, los heteros y los homos, los cis y los trans, la norma y lo anormal, lo universal y lo particular, lo necesario y lo contingente, lo esencial y lo individual, etc. etc. La trampa es entonces obligarnos a elegir entre una cosa o la otra: ser biologicista si se afirma la realidad de la biología o ser constructivista radical; ser esencialista si se afirma la realidad del concepto mujer o ser relativista escéptico y así sucesivamente. Este paradigma es totalmente inservible e inviable.

Por el contrario, lo que un realismo feminista piensa es precisamente la síntesis o complejidad de lo real, el “medio” dinámico que integra y diferencia a la vez múltiples factores. En el caso de la realidad de la mujer, lo que se piensa es la unidad bio-psico-social que es cada mujer como sujeta material, libre y creadora. Todo acto humano es bio-psico-social y libre a la vez. Ser mujer es un dinamismo de realización siempre abierto e incompleto que dura toda la vida. Se trata además de un dinamismo relacional alcanzado en y por los otros. Cada mujer es única e irrepetible, y a la vez tan mujer como todas las otras. Para un realismo feminista no hay sub-mujeres ni supra-mujeres sino múltiples mujeres iguales en y por sus incontables diferencias. Nada de esto es comprensible para la ideología queer.

 3) Post-sujetos poscuerpo trans-individuales

La ideología queer es incapaz de pensar la síntesis dinámica y relacional de fuerzas múltiples y complejas que constituyen al sujeto personal e individual, porque no hay sujeto individual para esa ideología. Lo que hay son más bien post-sujetos poscuerpo y trans-individuales. El post-sujeto posmoderno se caracteriza por carecer de un núcleo de interioridad a partir de la cual desplegarse, construir una historia, sintetizarse o integrar vivencias y elementos. Lo que llamamos “yo” o “sí mismo” es para esta ideología un mero efecto de pantalla, un epifenómeno del aparato social –de sus normas, tradiciones, costumbre, autoridad, etc.– que se construye de afuera hacia adentro por la instalación de la norma o significantes como fantasía identitaria. En palabras de Butler:

“Esa misma interioridad es una función de un discurso decididamente público y social, la regulación pública de una fantasía a través de las políticas de superficie del cuerpo” (Judith Butler).

“Si la verdad interna del género es una fabricación y si un género verdadero es una fantasía instituida e inscrita en la superficie de los cuerpos, entonces parece que los géneros no pueden ser ni verdaderos ni falsos, sino completamente producidos como efectos de verdad de un discurso de identidad estable y primaria” (Judith Butler).

El post-sujeto es una función discursiva de índole imaginaria. Post-sujetos, poscuerpos y subjetividad son proyecciones imaginarias, determinadas por desplazamiento y combinatoria de significante sociales.  De este modo el sociologismo, para el cual todo es construcción socio-discursiva, deriva en un psicologismo para el cual cada uno es lo que imagine, perciba, sienta o represente.

Así como para la ideología queer todo es discurso, así también todo post-sujeto es radicalmente discursivo, hablante, constituido a partir de la instalación del lenguaje. Esto significa que, en el fondo, no hay mujeres ni varones sino sujetos discursivos construidos extrínsecamente por múltiples representaciones lingüísticas que los definen, de manera que la propia subjetividad es una identidad social dependiente de identificaciones culturales extrínsecas y arbitrarias que se instalen en ella. El post-sujeto es efecto de infinitas y nomádicas cadenas de significantes sociales, no solo de género sino además de raza, clase, etnia, edad, orientación sexual, religión, ocupación, nación, estatus migratorio, peso, salud, belleza, capacidades o discapacidades cognitivas, verbales, auditivas, visuales, ambulatorias, físicas de todo tipo, familia, filiación+. Todos estos significantes se instalan por fantasías identificatorias.

Cada nueva representación es una nueva identidad y un nuevo ser: hoy mujer, mañana andrógino, pasado gay, no binario, demisexual. Las representaciones se van sucediendo sin continuidad, ni desarrollo, ni historia. Tiempo y espacio queer son siempre fragmentarios como los flashes de una sucesión instantánea. Otra tanto vale para los poscuerpos queer, igualmente construcciones culturales materializadas por la repetición performativa. Los poscuerpos no corresponden a la idea orgánica e integrada una realidad bio-psico-social, sino a la fragmentación de partes desagregadas y desafectadas que pueden desarmarse y rearmarse a voluntad, reemplazar unas partes por otras, amputarse y reinstalarse on demand.

En conclusión, para la teoría queer los post-sujetos poscuerpo son una construcción cultural: efectos pasivos y dóciles a la maquinaria social que los produce, ficciones, fragmentos de relatos y significantes combinados detrás de los cuales se encuentra el determinismo social. El post-sujeto queer es incapaz de superar lo social de lo cual es efecto. Solo le queda la impotencia reactiva o la combinatoria infinita de los fragmentos significantes.

 

 

 

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