El aborto no es pecado

Fuente: Revista brasileña VEJA – 06/10/1993 –

La hermana Ivone Gebara tiene 48 años, nació en San Pablo, es monja hace un cuarto de siglo y reside en Recife desde 1973. Pertenece a la Congregación Hermanas de Nuestra Señora, que se dedica a la educación de menores cadenciados. En esta convivencia con los pobres, Ivone se ha gormado una convicción insólita en la Iglesia: está a favor de la legalización del aborto y, por primera vez, defiende su punto de vista públicamente. “La madre tiene, sí, algún derecho sobre la vida que carga en su útero. Si ella no tiene las condiciones psicológicas para enfrentar el embarazo tiene derecho a interrumpirlo”, dice. Al contrario de algunas feministas, la Hermana afirma que el aborto no puede tener límites legales. Debe ser válido en todos los casos, y no sólo en situaciones especiales como la violación. “El aborto no es pecado. El Evangelio no trata este asunto”, afirma. La religiosa mantiene contactos frecuentes con grupos feministas en Brasil y en el exterior, en especial con Católicas por el Derecho a decidir, formando en Estados Unidos en 1973 y creado recientemente en Brasil.

Graduada en filosofía en la Pontificia Universidad Católica (PUC) de San Pablo, y en Teología en Bélgica, Ivone está habituada a adoptar posiciones polémicas dentro de la Iglesia. En 1989, el Vaticano cerró el Seminario de Recife fundado por el Arzobispo Helder Cámara, en el cual ella trabajaba. La santa Sede consideró que el Seminario, inspirado en la Teología de la Liberación, era excesivamente izquierdista. Desde entonces, la Herman emplea su tiempo escribiendo libros y viajando para dictar conferencias. Reside, por opción de vida, en Camaragibe, región pobre de la periferia de Recife.

Es autora de seis libros, todos sobre Teología Feminista, publicados por las editoriales Vozes y Paulinas. Hace un mes, viajó a Suecia, para hablar sobre la mujer y la reforma agraria. La semana pasada, después de dar esta entrevista a VEJA, viajó a Venezuela y a Bolivia. En enero, Ivone viajará a Nueva York, donde pasará un semestre dando clases de Teología.

Veja: En esta semana el Papa Juan Pablo II divulga la nueva Encíclica en la que enfatiza la oposición la Iglesia al control de la natalidad y el aborto. ¿Qué piensa Ud. sobre eso?

IVONE: No hay novedad. Es una postura tradicional del Vaticano, ya consagrada en otras Encíclicas. Es la posición de quien no tiene ningún diálogo con el mundo contemporáneo, en especial con el mundo de los pobres.

VEJA: ¿por qué?

IVONE: La moral Católica no alcanza a las mujeres ricas. Ellas abortan y tienen los medios económicos que garantizan una intervención quirúrgica incondiciones humanas. Por lo tanto, la ley que la Iglesia defiende perjudica a las mujeres pobres. El aborto debe ser descriminalizado y legalizado. Más aún, debe ser realizado a expensas del Estado. Hoy, el aborto es la quinta causa de mortalidad femenina en Brasil. Quienes mueren, son las mujeres más pobres. Frente al hecho de que el aborto es inevitable, es mejor realizarlo en condiciones de dignidad.

VEJA: Como monja católica ¿no debería considera al aborto como un pecado?

IVONE: El aborto no es pecado. El evangelio no trata esto. El Evangelio es un conjunto de historias que generan misericordia y ayuda en la construcción del ser humano. La dogmática en relación al aborto ha sido elaborada a lo largo de los siglos. ¿Quién escribió que no se puede controlar el nacimiento de los hijos? Fueron los sacerdotes, hombres célibes encerrados en su mundo en el que viven confortablemente con sus manías. No tienen mujer ni suegra y no se preocupan de algún hijo enfermo; algunos hasta son ricos y tienen propiedades. Así es fácil condenar el aborto.

VEJA: La ley permite el aborto en caso de violación. ¿En qué casos considera usted que el aborto es legítimo?

IVONE: En todos los casos en que la mujer, sea ella rica o pobre, no tenga las condiciones psicológicas para asumir el bebé. La Iglesia se atiene al principio de que solamente dios puede quitar la vida. Yo también acepté esa idea. Pero hoy creo que la madre tiene, sí, algún derecho sobre la vida que carga en el útero. El feto no puede sobrevivir sin ella y, en esa ósmosis primordial, es lícito considerar que no tiene su propia voluntad. Si la madre no está en condiciones psicológicas de enfrentar el embarazo, tiene derecho a interrumpirlo.

VEJA: ¡qué hizo que usted cambiara de opinión y defendiera el aborto?

IVONE: Mi convivencia con las mujeres pobres de Camaragibe me llevó a reflexiona más sobre este asunto. Estas mujeres son extremadamente te pobres, son vendedoras de alimentos y lavandera. Ellas no tienen información para desarrollar su vida sexual de forma saludable. No saben cómo evitar hijos y aunque supiesen no tendrían condiciones económica de hacerlo porque disponen de asistencia. Esta situación me llevó a una posición pragmática de defensa del aborto. Pero hasta ahora sólo había conversado sobre mi postura en encuentros cerrados, con teólogas y feministas. Mi discurso aún es tentativo. Estoy intentando superar dogmas. Si yo fuese sacerdote, la Iglesia tal me expulsaría del clero. Como monja, tengo más libertad. Aún así, después de esta entrevista, creo que voy a quedar desprotegida. Sé que mi posición es una transgresión del pensamiento de la Iglesia, pero resolví hablar, porque creo que voy a ayudar a las personas.

VEJA: ¿Usted ha aconsejado abortar a alguna mujer?

IVONE: No, pero estuve cerca. Hace algunas semanas en Camaragibe, me visitó una mujer psíquicamente enferma, madre de tres niños desnutridos. Me contó que tuvo una aventura con un desempleado y quedó embarazada. Estaba desesperad. Conversamos mucho, y ella quedó de regresar. Tenía la certeza que en esta segunda conversación, yo estaría obligada a decirle “aborte”. Ella decidió abortar antes de mis consejos. Sólo volvió a mí para pedirme que la llevase a un médico. Y la llevé.

VEJA: ¿Usted se sintió bien?

IVONE: Es necesario entender una cosa. El otro día socorrí a una mujer que abortó y me quedé impresionada al ver el feto. Es un bebito, y es como si estuviéramos quitándole la oportunidad de florecer a aquella vida. El aborto es violento, muy violento. Es siempre una opción traumática, jamás un camino de alegría. La mujer sólo aborta si se ve obligada por las circunstancias. Sin embargo, es una violencia que existe y como tal debe ser legislada. Conocí en mi barrio a una niña que quedó embarazado de su propio padre a los 14 años. En ese contexto, no significa absolutamente nada decir que se está salvando la vida al evitar el aborto. ¿Que vida será salvada? ¿La de un niño que será desnutrido y abandonado? ¿La de una madre cuyos dramas se agravarán aún más? El Brasil aborta continuamente a sus ciudadanos, si no en el primer mes, a lo largo de la vida.

VEJA: ¿Las mujeres de Camaragibe no se sorprenden al ver a una monja defendiendo el aborto?

IVONE: Nunca defendí el aborto abiertamente. Por otra pare, ellas ni conocen el discurso de la Iglesia sobre ese asunto. El mundo de los pobres tiene una ética apropia. Es la ética de la sobrevivencia. Hace pocos días una empleada doméstica golpeó a mi puerta y me dijo que se iba a suicidar. Ella tiene ocho hijos: uno murió, tres están con su primer compañero, tres con ella y uno vive en la calle. Ellas es una mujer pobre, vive en un rancho de lata y se mantiene haciendo limpiezas. Quedó embarazada después de una relación eventual Habló con el padre, quien le dijo que no quería la criatura. Es casi siempre así: los padres abortan a los hijos con palabras. Habló entonces con su patrona, quien se negó a darle el dinero para el aborto. La señora no quiso involucrarse, pero le garantizó que si tenía algún problema clínico después, la llevaría al médico. Esa es la moral de la clase media.

VEJA: ¿Es posible que la Iglesia cambie de opinión sobre el aborto?

IVONE: nada permite preverlo, pero eso no ocurrirá a corto plazo. No es algo que ocurrirá en este siglo. Pienso que esta cuestión no debería ser discutida como un dogma de la Iglesia. Es una cuestión que atañe a la sociedad civil. La legalización del aborto es necesario y n puede ser impedida por credos religiosos.

VEJA: ¿Vale la máxima que dice que se el Papa pudiese tener hijos, la Iglesia ya habría autorizado el aborto’

IVONE: Esa es una broma que a la gente le gusta le gusta hacer con el Papa. Es una fantasía. La cuestión no es tan simple.

VEJA: ¿Su posición sobre el aborto es solitaria dentro de la Iglesia?

IVONE: La mayoría del clero está contra el aborto y reduce el asunto a una cuestión privada. Los conservador
es hablan más, y siempre con el discurso del respeto absoluto a la vida. Pero sí, hay sacerdotes y monjas a favor. Es un segmento más avanzado que sólo se manifiesta entre bastidores y vive en un conflicto entre aquello en que cree y lo que la institución piensa. Son hombres y mujeres desgarrados a causa de sus convicciones.

VEJA: En el confesionario, ¿recomiendan el aborto?

IVONE: Por lo que sé, prefieren el silencio. Defienden la legalización en círculos muy restringidos, nunca en la esfera oficial.

VEJA: ¿Cómo juzga Usted la moral de los sacerdotes que condenan el aborto y tienen relaciones sexuales?

IVONE: La transgresión siempre existió al interior de las organizaciones religiosas. Son muchos los casos, y sé de eso porque las propias monjas terminan comentándolo. La Iglesia católica desarrolló una moral muy rígida que lleva a eso. A veces la transgresión es importante. Es una señal de que es necesario revisar las leyes establecidas.

VEJA: La Conferencia nacional de los Obispos de Brasil propuso terminar con el celibato. ¿Usted cree que los sacerdotes del año 2000 podrán casarse?

IVONE: Eso va a ocurrir pero, como con el caso del aborto, aún no en este siglo. Mientras tengamos esta curia romana con la teología que ha predominado no habrá manera de poner fin al celibato. Llegará el día en que, si el Vaticano quiere continuar con el clero, tendrá que ordenar mujeres y hombres casados. El celibato es una prescripción de orden legal que no forma parte de la esencia del sacerdocio.

VEJA: ¿Usted cree que sería una monja mas feliz si pudiera casarse y tener hijos?

IVONE: A mis vecinas de Camaragibe les parece ridícula mi forma de vida. A ellas les resulta incomprensible no tener un hombre y no ser madres. En su simplicidad, ellas se preguntan cuándo va a aparecer mi hombre y dicen que debería tener hijos para que me cuiden en la vejez. Tal vez tengan razón. Yo voy a terminar mi vida sola. A veces, ellas dicen que desean estar en mi lugar, para no tener por qué preocuparse y vivir en paz. Cada una carga con una limitación por lo que ha elegido. El tipo de vida que llevo tiene su carga como cualquier otra.

VEJA: ¿Cómo se las arregla Usted con la falta de cariño físico y de sexo?

IVONE: tuve deseos sexuales y continúo teniéndolos, pero soy coherente con lo que elegí. El sexo hace falta, como hacen falta varias cosas en cualquier vida humana. No es porque el sexo esté liberado que las personas realizan todas sus potencialidades. Antes de ser monja, estudié filosofía en la PUC de San Pablo y tuve allí mis enamorados. Pero el deseo de ayudar a las personas a ser libres fue más fuerte y aposté a otro tipo de vida. La experiencia religiosa no es sólo de renuncia. Tú encuentras placer de otra forma. No es posible vivir sin afecto, sin amistad, sin mirar a los pobres. Es posible vivir sin sexo.

VEJA: ¿Usted defiende la ordenación de mujeres?

IVONE: Yo no me sentiría bien con las tareas de una parroquia. Prefiero estar disponible para dar clases, participar en debates, escribir artículos. Hay muchas mujeres valiosas a las que les gustaría ordenarse y tienen condiciones para eso. Pero no basta sacar a los que están de pantalones y poner a quien usa faldas si se mantiene el pensamiento dogmático. Es más importante una reflexión teológica para cambiar algunas cosmovisiones de la Iglesia que están superadas.

VEJA: ¿Cuáles?

IVONE: La tradición cristiana se constituye sobretodo a partir del siglo III de nuestra era, época marcada por el dualismo griego. La Iglesia representaba al hombre como un pecador en oposición al Dios bueno, el cuerpo en oposición al espíritu. Explicaba el mundo de una forma dual: cielo-infierno, bien-mal. Esa antropología dualista hizo a la Iglesia considerar al hombre mejor que a la mujer. Automáticamente, el sacerdocio es dado a los hombres, pero las mujeres tienen que conquistarlo. Es un comportamiento discriminatoria, fruto de una concepción equivocada tanto del ser humano como de Dios.

VEJA: ¿qué viene a ser la teología feminista?

IVONE: La teología tradicional acentúa imágenes masculinas de dios. La teología feminista quiere mostrar que la raíz de la experiencia cristiana es igualitaria y que las estructuras de poder en la iglesia pueden cambiarse. Dios no es masculino ni femenino. Es todo. Lo divino está arraigado en el ser humano y viceversa. La teología feminista discute el paternalismo de la religión, la idea de esperar que dios haga el acontecer. Es una expresión de la Teología de la Liberación. Nosotras estamos moviendo un poco las ideas.

VEJA: ¿Qué cambios provocó la teología feminista en la Iglesia?

IVONE: antiguamente, la palabra “hombre” aparecía en los documentos de la Iglesia, aludiendo a toda la humanidad. Hoy se leen expresiones como “hermanos y hermanas” o “Dios, que es padre y madre”. Las mujeres no enseñaban teología y hoy hay muchas profesoras.

VEJA: ¿Los protestantes son más avanzados que los católicos?

IVONE: Sí. Hay pastoras ordenadas y el espacio de las mujeres es cada vez mayor. Ellas conquistaron eso hace más de 20 años. El catolicismo se quedó atrás.

VEJA: ¿Por qué?

IVONE: Las Iglesias que se consideran originarias y más próximas a Jesús tienen dificultades para absorber cambios debido al peso de la tradición. Es el caso de la Iglesia Ortodoxa Oriental y de la Iglesia Católica Romana. La Protestante comenzó en el siglo XVI con la Reforma. Es una Iglesia de la modernidad, de contestación al catolicismo.

VEJA: ¿Las posiciones tradicionales de la Iglesia apartan a los teólogos del sacerdocio?

IVONE: Sí, muchos teólogos laicos no piensan en aceptar la ordenación para tener un espacio de militancia y un pensamiento menos controlado.

VEJA: ¿Por qué el catolicismo está perdiendo influencia en el Brasil?

IVONE: Ya ni podemos decir que la mayoría de la población brasileña es católica. La mayor parte es Pentecostal, de la Asamblea de Dios, de Iglesia Universal del Reino de Dios, de los Testigos de Jehová, etc. No me atrevo a hablar acerca del interior del país que conozco poco, pero en las grandes ciudades el catolicismo dejó de ser la religión preponderante. Eso se debe, en parte, al hecho de que el pentecostalismo tiene recursos que responden alas necesidades de la población, cada vez más necesitada y promete soluciones a corto plazo. Ese fenómeno está relacionado con la pobreza, así como la crisis de las Comunidades Eclesiales de Base, las CEBs, lo está con la quiebra del proyecto político brasileño.

VEJA: ¿Por qué las Comunidades Eclesiales de Base están en crisis?

IVONE: Tenemos que situarlas en la coyuntura nacional. El Brasil pasa por una crisis política, económica, social, y de esperanza que afecta a todos los movimientos sociales. Ninguno de ellos sale de esa crisis ileso. Los teóricos del movimiento popular tenían una gran expectativa en relación a las CEBs. Creían que eran un fermento de transformación de abajo hacia arriba, dentro de la Iglesia. ¿Y qué pasó? La palabra socialismo, tan usada en las luchas populares, cayó en desuso. Acentuamos un discurso utópico, sin condiciones de realizarse. A pesar de todas las posibilidades, el pueblo votó a Collor. No creo ya en las CEBa como único camino de liberación.

VEJA: ¿Cuál es el camino?

IVONE: Hay grupos de mujeres y ecologista haciendo contribuciones importantes, intentando aminorar el hambre y la miseria. Con o sin la Iglesia, esas personas van a construir las alternativas de futuro.

VEJA: ¿Y la Iglesia Católica?

IVONE: Estamos en crisis. El catolicismo puede superarla como ha superado otras a través de los siglos. Un primer paso sería la revisión de posturas inflexibles que apartan a la Iglesia de la vida y de las carencias de sus fieles.

La legalización del aborto vista desde el caleidoscopio social

La revista VEJA me hizo una entrevista que publicó en su edición del 6 de octubre de 1993, con el título “El aborto no es pecado”. A pesar de haber, libremente, concedido esa entrevista quiero distinguir aquello que ha sido compresión y redacción propia de los periodistas y mi posición personal. La entrevista fue desarrollada, informalmente, en tres momentos diferentes, incluso a través de una llamada telefónica internacional, dado que me encontraba fuera del país. Fue hecha por dos personas profesionales del periodismo, una del Nordeste y una del Sureste del país. Esta entrevista fue después reorganizada por él/ella y publicada antes de la fecha prevista, sin que yo tuviera oportunidad de revisar el texto. Por lo tanto, como cualquier entrevista en estas condiciones, esta, también, tiene sus límites y distorsiones inevitables. A pesar de ello la entrevista tuvo éxito y suscitó acaloradas discusiones, alguna solidarias y otras solicitando una rectificación pública de mi pensamiento.

Por ello, quiero, en este momento, reafirmar mis posiciones, no para que sean aceptadas sino, sólo, para ser discutidas en los límites de nuestra frágil democracia y libertad de pensamiento.

Desde hace muchos años la cuestión de la legalización del aborto ha sufrido un proceso de mutación impresionante , no sólo en la sociedad en general sino, también, en la iglesia. Tal como los espejos y el movimiento de las piedrecitas de colores del caleidoscopio social y religioso, así, también, se mueven los argumentos y las posiciones alrededor de esta difícil cuestión que suscita una diversidad inmensa de argumentos filosóficos, religiosos, psicológicos, políticos y jurídicos, no siempre con la participación directa de las mujeres.

Hoy día estoy en favor de la descriminalización y de la legalización del aborto como una forma de disminución de la violencia contra la vida. Soy, también, conciente de los límites inherentes a esta posición y las dificultades legales y otras, que son particularmente consecuencia de la precaria situación actual de nuestras instituciones públicas.

La vida en un barrio marginal, el contacto con el sufrimiento de centenares de mujeres, sobre todo pobres que viven torturadas frente a sus problemas personales y de sobrevivencia, me da el respaldo suficiente para algunas afirmaciones que, en conciencia, asumo. Trato la cuestión más bien a partir de las mujeres empobrecidas porque ellas son las mayores víctimas de esta trágica situación.

Independientemente de su legalización o su no legalización, independientemente de los principios de defensa de la vida, independientemente de los principios que rigen las religiones, el aborto ha sido practicado. Por lo tanto es un hecho clandestino, público y notorio. Según cifras difundidas por diversas instituciones de salud de Brasil, se calcula anualmente en millones los abortos clandestinos con un 10% de mortalidad materna. Tales espantosas cifras son indicativas de una problemática que necesita ser regulada. Es, pues, en primer lugar, deber del Estado garantizar un orden y legislar, constantemente, para que la vida de sus ciudadanos y ciudadanas sea respetada. La legalización no significa la afirmación de “bondad”, de “inocencia” ni menos de “defensa incondicional” y hasta liviana del aborto como hecho, sino apenas la posibilidad de humanizar y de dar condiciones de decencia a una práctica que ya está siendo llevada a cabo. La legalización es, apenas, un aspecto coyunturalmente importante de un proceso más amplio de lucha contra una sociedad organizada sobre la base del aborto social de sus hijos y de sus hijas. Una sociedad que no tiene condiciones objetivas para dar empleo, salud, vivienda y escuelas, es una sociedad abortiva. Una sociedad que obliga las mujeres a escoger entre permanecer en el trabajo o interrumpir un embarazo, es una sociedad abortiva. Una sociedad que continúa permitiendo que se hagan test de embarazo antes de admitir ala mujer a un empleo, es abortiva. Una sociedad que silencia la responsabilidad de los varones y sólo culpabiliza a las mujeres, que no respeta sus cuerpos y su historia, es una sociedad excluyente, sexista y abortiva.

La descriminalización y la legalización del aborto podría, en esta lógica, ser consideradas como un comportamiento en la línea de continuidad de la violencia institucional, una especie de respuesta violenta a una situación violenta. Podríamos pensar así si los millones de abortos y muertes de mujeres no existieran de hecho. Como estos son hechos irrefutables, legislarlos de manera lo más respetuosa posible, pasa a ser una forma de disminuir la violencia contra las mujeres y la propia sociedad en su conjunto.

En esta línea de pensamiento, concentrar la “defensa del inocente” sólo en el feto, como afirman algunas personas, es una forma de encubrir la matanza indiscriminada de poblaciones enteras, igualmente inocentes aunque en forma diferente, ya sean víctimas de guerra o de procesos económicos, políticos, militares o culturales vigentes en nuestra sociedad. Es también, una vez mas, una manera de no denunciar la muerte de miles de mujeres víctimas inocentes de un sistema que aliena sus cuerpos y las castiga sin piedad, culpabilizándolas e impidiéndoles tomar una decisión adecuada a sus condiciones reales. La concentración de la culpa del aborto en la mujer y la criminalización de este hecho, es una forma de encubrir nuestra responsabilidad colectiva y nuestro miedo de asumirla públicamente.

En esta perspectiva, para mí como cristiana, defender la descriminalización y reglamentación del aborto, no significa negar las enseñanzas tradicionales del Evangelio de Jesús y de la Iglesia, sino acogerlas en la paradoja de nuestra historia humana como una forma actual de disminución de la violencia contra la vida.

No siempre los principios cristianos y otros, resisten frente a los imperativos de la vida concreta, imperativos que nos hacen mas maleable, mas misericordiosos/as, más comprensivos/as y convencidos/as de que la ley es para nosotros los humanos y no nosotros los humanos para la ley, que la ley debe ayudar a nuestra debilidad, especialmente cuando nuestra libertad es aplastada por estructuras injustas que mal permiten la realización de actos libres y plenamente humanos.

Hoy día es necesaria, y urgente, la discusión abierta y plural, en busca de un consenso a partir del bien común, la búsqueda ética de caminos de defensa de todas las vidas humanas. Y, en este diálogo plural, es responsabilidad del Estado, en su inalienable autonomía, llegar a un consenso en vista de un orden justo que garantice, por medio de las leyes, la vida de sus ciudadanos y ciudadanas, y ponga límites a una situación caótica provocada por la práctica del aborto clandestino.

Mi posición frente a la descriminalización y la legalización del aborto como ciudadana cristiana y miembra de una comunidad religiosa es una forma de denunciar el mal, la violencia institucionalizada, el abuso y la hipocresía que nos envuelven, es una apuesta por la vida, es pues en defensa de la vida.

Ivone Gebara
Camargibe, 18 de octubre de 1993

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